Desde el momento mismo que descubrimos el título de éste, el más reciente libro de Jorge Troncoso Bocanegra, “Canto de Antaño mi honda esperanza”, nosotros, los lectores, nos sorprendemos embarcados en un periplo nostálgico a través del tiempo y el paisaje del alma y de la naturaleza que nos toca tan de cerca los sentidos, para conmovernos y consumidos en cada verso, en cada palabra evocadora; en cada historia, en cada párrafo, como en una especie de sueño interminable donde la voz del poeta y narrador que es Troncoso, nos aterriza en la única y verdadera realidad de su creación: la palabra que enternece, que tortura o que cuenta mundos.
Sesenta y dos poemas integran la primera parte del libro, repartidos acertadamente en obediencia rigurosa a las diferentes temáticas y motivos del autor: “Pueblos y Recuerdos”, o la búsqueda y el encuentro de un puñado de pueblos y recónditos lugares a lo largo y ancho de la geografía terrenal y del alma de sus gentes; ciudades, poblados, calles donde transcurre la vida entre recuerdos y añoranzas, “Naturaleza”, o el paisaje telúrico, agreste, ensoñador o en lontananza que podemos leer y escuchar entre el follaje verde de un “árbol somnoliento”, o como un eco de distancias infinitas en el “Canto natural”, y hasta percibiendo, palabra a palabra el aroma, agradablemente caótico de las “7 hierbas” “Mujer”, o la voz de los afectos que se gozan y se sufren. El amor hecho poema para leer en un solo suspiro, como si despertáramos de pronto de un sueño interminable; el sentimiento que sangra y duele en “Amores perdidos”, la dicha contenida o desbordada en el “recuerdo dulce”, o el eco evocador de las pasiones desatadas en “río de ilusiones”. “Amigos”, cerrando las páginas liricas del libro, como un homenaje, una cadenas de reconocimientos y agradecimientos, en la que cada entrañable eslabón es un abrazo, un furtivo beso, una lágrima, un gesto para el amigo presente y para el amigo ausente; un altar para orarle a los habitantes queridos, inquilinos perpetuos en el corazón del poeta.
Luego los minicuentos, veintidós breves relatos para leer en una sola respiración. Para descifrar sin enormes esfuerzos la palabra palpitante, certera y a veces implacable que nos cuenta la historia precisa sin adornos retorico, sin exageraciones verbales. Minicuentos para reflexionar, porque son ellos en si una reflexión, existencial a veces, ecológica luego, emocional y emotiva en las versiones minimalistas y personales de Troncoso de tradicionales ecos musicales entre el “cuartico azul” o “Cambalache siglo XX”, o la denuncia, el grito desesperado y sordo del ” gamín”.
Cuatro relatos de mayor extensión cierran el libro. Cuatro historias en las que se campea a sus anchas el humor, la sorpresa, el erotismo insinuado, o la intolerancia, en las que cada personaje es dueño de un rol, de una vez, de un destino preconcebido, sin lugar posible para el arrepentimiento. Fluidez en la historia que se cuenta y que se canta por igual entre el narrador y el poeta.
Y en ese mismo inventario de la palabra, grato es encontrarnos además entre páginas, una serie de ilustraciones, motivos obedientes a los temas y a los personales de un grupo de pintores y de obras, que como un complemento artístico y estético enriquecen el texto de Troncoso. Óleos, dibujos, tintas, en las creaciones de Phanor Satizabal, Mario Lafont, Clarita Troncoso, Capitolino Urquijo, Edgar Triana y el mismo autor, que hacen de este “Canto de Antaño, mi honda esperanza”, un maravilloso palabrerío, una alegoría, un homenaje a la vida.

