El pasado 5 de noviembre, la mayoría de los votantes descreyeron de la débil remplazante del presidente Biden que aspiraba a despachar en la Casa Blanca, y escogieron al tipo que los convenció de hacer a USA grande otra vez desde adentro, con su propio esfuerzo, sin contar con los de afuera. Contra los de afuera, en realidad. Y en masa votaron por el candidato que se negó a mencionar siquiera dos veces las palabras democracia, derechos o igualdades, desairando a la candidata Harris que repitió esas mismas palabras sin fatigarse ante las minorías étnicas en las que buscó respaldo.
Sin embargo, las cifras muestran que de una elección a otra crece la deserción del voto negro y latino del partido demócrata al republicano. Parecen hastiados de escuchar ideas y no verlas transformadas en hechos. Porque los liberales de hoy han convertido la democracia y la libertad en un dominio de las ideas – semejante a www.democracia.com o www.libertad.com, que pueden consultarse en caso de necesidad –; sin percatarse de que perdieron todo sentido en la realidad diaria de los compatriotas a los que piden el voto.
No se enteran que las viejas ideas que dieron paso al capitalismo y fundaron la división del poder político – la matriz de la democracia –, para renovarse periódicamente necesitan probar que realmente son útiles para vivir.
Y el neoliberalismo, es decir, el mercado sin fronteras y sin obstáculos al empresario, con la producción global y su desbalance de costos salariales, convirtió a China, India, Corea, Taiwán o Pakistán en grandes productores, en perjuicio de la unión americana. Porque lo sabe, y lo convierte en un patriota – el título de más orgullo nacional –, Trump no cesó de culpar al globalismo liberal por arruinar la industria nacional y destruir miles de empleos. Y en esa misma línea consiguió que los gringos y los agringados residentes o nacionalizados, vieran en los inmigrantes indocumentados un enemigo de la estabilidad y el futuro de sus familias. ()
Donald Trump no ofreció democracia ni libertades, pero prometió recuperar el valor real de los salarios, seguridad en las fronteras, y “no más guerras”. Confiados en esa promesa repetida, los musulmanes en Dearborn, Michigan, decididos a “castigar” a Kamala Harris por la invasión en Gaza y Líbano, ofrecieron votar por el republicano que acusa a los liberales de iniciar las guerras. Y ganó en ese estado crítico. Y el hombre, que no da vueltas, en las vísperas de su elección, ante el Consultivo Nacional de la Fe, dijo: “La religión es el pegamento que nos mantiene juntos”.
No habló para la población educada que vive en los estados con la mayor concentración de universidades e institutos de alto nivel, y con los mejores salarios: Boston, New York, Massachusetts, New Jersey, Washington, Virginia, Maryland y California, mayoritariamente de filiación demócrata. Hábilmente se dirigía a las masas incultas y rurales que fueron históricamente republicanas, y habitan en Montana, Wyoming, Oklahoma o Arkansas, por ejemplo. Debía tener en mente a la mamá del soldado Ryan.
Porque en tiempos de elecciones en Estados Unidos, vuelvo a ver aquella mujer en la cocina de su casa en medio de grandes y tranquilos campos de trabajo, que al descubrir un automóvil negro dirigiéndose a la entrada, va a la puerta principal a enfrentar una duda sombría. Y tan pronto los dos oficiales en uniforme estricto se apearon, con un gemido ahogado se mal sentó en su pórtico: hundida, sin escuchársele ningún reproche. Allí recibió el pésame por tres de sus hijos muertos en Normandía, y la promesa del ejército norteamericano de traer el menor vivo a casa. Tal es el motivo de “En busca del soldado Ryan”, estrenada en 1998.
Esa secuencia me dice que las mujeres blancas, hechas en el trabajo duro del mundo rural, y en la resignación por la gracia de la fe y el orgullo patriótico, rechazan desde lo más profundo las ideas que no sirven para poner un buen plato en la mesa, pagar la hipoteca eterna, y las avergonzaría hablar con Dios después de provocarse un aborto.
Esas mujeres y sus hombres, hechos de tierra y sudor, no necesitan la palabra libertad ni las ilusiones que anuncia. Porque crecieron y envejecieron confiando en sí mismos y en su comunidad, no apuestan por el que ponga en riesgo su sopa, y votan republicano. Como creo que harían los negros de Mark Twain, los campesinos de Flannery O’Connor, o los vaqueros fronterizos de McCarthy.
Para millones de esos ciudadanos que habitan al margen de las grandes urbes, votar demócrata es asunto de los que hablan de libertades y de igualdad de sexos, que leen filósofos, viajan al extranjero y se doctoran en universidades, como los personajes mundanos y cultos de Edith Wharton, Scott Fitzgerald, Philip Roth, o Saul Bellow.
Esa población que vive orgullosa en el centro de su mundo concéntrico, pervive inalterada y aumenta su rebaño con el trabajo paciente de las iglesias, persuadida de que la fortaleza es la defensa de lo suyo. Y debieron preferir al tipo que alardeó de su fuerza y su convicción para resolverles sus problemas cotidianos, en lugar de la joven que, atada al cordón umbilical de Biden, al que culparon de sus males, estaba predestinada al fracaso.

