Señor Musk: Usted ha conseguido convertirse en la magnífica imagen del mundo actual, que celebra a diario su advenimiento triunfal. Ha llegado felizmente en un tiempo preparado para acogerle como su conductor iluminado, viril y modélico. Sin duda, pronto su cara será en toda la tierra el ícono más reconocible de estos días, una estampa con un efecto tan penetrante, que quizás sature el paisaje de la próxima generación… si nadie lo detiene.
Lo que no creo llegar a ver, Señor Musk, es su estampa en las camisas de los jóvenes libertarios de mañana – como lo hicieron y lo hacen con el Che, y Bob Marlen –. Quizá vaya en el pecho de la millonada de jóvenes sumisos que están por nacer bajo el régimen autoritario y total de la libertad absoluta para el empresariado que intenta fundar. Hoy, el poder de su nombre hace creer que antes nadie se propuso impactar con su propia marca a todo el orbe, aunque sabemos que no escasearon nombres con esa vocación aterradora, y sin embargo fracasaron. Repaso de memoria los más extensos imperios, y Alejandro, César, Gengis Khan o Carlos V, parecen modestos bocetos de lo que Usted está a punto de conquistar sin usar la espada o el mosquete, sin comandar ejércitos que invaden naciones y convierten a cañonazos la vida de los pueblos en una miserable pesadilla.
Porque, como lo veo, es posible que antes de una década consolide un poder personal tan poderoso y vasto como nadie entrevió antes; así haya que derogar Estados y suplantar autoridades transfronterizas para someter al control de sus reglas a miles de millones de ciudadanos de varias lenguas y culturas, y a las formas no descubiertas de vida en Marte… a donde dirige su ambición desmedida y estrafalaria.
La cuestión es que su éxito ha superado a todos, incluso sus inmediatos predecesores y sus contemporáneos. John D. Rockefeller y Henry Ford, hace un siglo figuraron entre los más ricos, sin haber alcanzado el poder de controlar la libertad de la población de naciones enteras, o amenazar la autonomía de algún Estado. Emplearon la cooperación, no el enfrentamiento con los poderes públicos, a pesar de haber llevado el capitalismo a un peldaño superior con la fabricación de mercancías en línea, y convertido para siempre a la sociedad en consumista.
Y ha superado a Gates, Zuckerberg y Bezos, que con el descubrimiento y uso civil de los algoritmos convirtieron el mercado en verdaderamente universal, manipulando nuestras preferencias para inducirnos a comprar cuanta cosa útil, fútil o caprichosa buscamos con gula de consumidores compulsivos, obteniendo por el uso de sus plataformas virtuales fortunas que no paran de crecer en todas las horas. Con semejante flujo de caja, por primera vez hay quienes pueden comprar todo cuanto se ponga en venta. Y usted ahí, señor Musk.
Lo que pasa, señor Musk, es que la acumulación del capital al galope de los avances de la ciencia y la tecnología, no trasladó desarrollo en las grandes masas humanas, ni trajo la armonía que sus mentores prometieron. De hecho, algunos avances de la ciencia como la bomba de fisión, nos ha puesto más de una vez en la cornisa de la extinción total. Creo que Usted es consciente de esa eventualidad fatal, y planea que algunos podrán escapar de ella colonizando Marte.
Así confirma nuestros temores de que marchamos a una nueva pesadilla humana, a una oscura distopía, de la que su imagen será el emblema final, según creo. Hablo de su compañía Espace X con sus cohetes, y los proyectos de colonizar Marte para extraer sus minerales. Una colonización de pobres diablos altamente especializados pagados por su capital, que “humanizarán el paisaje” mientras arriba Usted y los humanos que seleccionará, pues de otro modo no será.
Su proyecto marciano – que comparten los inversionistas de su tamaño –, no está exento de terminar como el de Allien, el Octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). En ese film que marcó la estética del tema, la Corporación Minera que financia el viaje de la nave que regresa a la Tierra con 30 millones de toneladas de minerales de un lugar fuera de nuestra galaxia, maniobra la computadora central de la nave y la conduce a un planeta que emite señales de una forma de vida extraterrestre. Al enterarse de las características mutantes del alienígena que se ha colado a la nave, con desprecio de la vida de la tripulación, la Corporación ordena su traslado a la Tierra para investigar sus posibilidades de uso como arma. El plan resulta frustrado por la única sobreviviente de la tripulación, que después de subir a un vehículo auxiliar hace explotar la nave creyendo acabar con la criatura, aunque luego tendrá que matarla arrojándola al espacio al descubrir que viajaba con ella a la Tierra.
Tipos como yo, señor Musk, temerosos de los desconocido, y desconfiados de las promesas de progreso que anuncian los grandes monopolios, repudiamos todo proyecto de conquistar otro mundo, evadiendo el deber de cuidar el nuestro. Y creemos que una aventura interplanetaria que puede desatar alteraciones orgánicas terrestres – olvidando la bestia alienígena –, no debería tolerarse a los particulares en aras de la libertad de los negocios. Hasta Usted, la “conquista espacial” se la han abrogado las grandes potencias con fines beligerantes. Temo que el control espacial convierta al sujeto que lo logre en un emperador universal.
Por ello dudo de que su compañía Neuralink ha dicho toda la verdad sobre el objetivo final de su programa de tratamiento cerebral con inserciones de chips. ¿No busca la creación futura de androides destinados a trabajar en las minas de Marte, más allá de curar males congénitos? Porque no es difícil ver que será el mayor negocio en su futuro. Tal vez con ellos desaparezcan los contratos de trabajo y los fastidiosos sindicatos; pero no creo que se ponga a salvo de las revueltas de los “Replicantes” contra Usted, como ocurre en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Porque, al parecer, la simiente de la rebeldía contra el control de libertad personal es tan tenaz, que puede brotar en las máquinas. Y las premoniciones sobre la IA no lo desmienten.
Hablando de libertad, el problema es que su idea de ella es la misma de la Corporación en Allien: Una empresa no puede arriesgarse a perder una ventaja estratégica por el riesgo que corra un grupo – la tripulación –, o por prevenir el daño eventual que pueda sufrir la humanidad. Mutatis Mutandis, así actúa Usted respecto de las alertas sobre el cambio climático por efecto de la actividad transformadora, y aguerrido sale al quite a quien se atreva a limitar su libertad empresarial, que cree absoluta. Desafía a la Corte Suprema de Brasil que ordenó a su empresa X cerrar ciertas cuentas, y se proclama pomposamente “defensor de la libertad hasta el absolutismo”, cuando en realidad encubría las actividades ilícitas de los partidarios de Bolsonaro contra el gobierno de Lula Da Silva.
Sus declaraciones sobre la libertad son una paradoja, o una falsedad. Pues también ha predicado la consigna de extirpar la “semilla venenosa del socialismo”, lo que dice que para esas ideas no hay libertad; se opone furibundo a la libertad de las personas a elegir su opción sexual; y rechaza que las mujeres usen el aborto como un derecho de su libertad corporal.
Para gente como Usted, Trump, Biden, Sunak, Bolsonaro, Milei o Netanyahu, y ciertos innombrables de nuestro país, hay libertad donde nadie pone límites a las necesidades de expansión del capital, y a la ambición incontrolada de poder de sus dueños, con desprecio por la tripulación de este planeta.
La derecha ha cooptado la libertad, y la usa en su exclusivo beneficio. Y me parece que Usted encarna el sueño del poder absoluto sobre el universo de latitudes conocidas y desconocidas.
No veré ese día, que imagino una pesadilla semejante a las que el cine ha puesto ante nuestros ojos. Sin embargo, no pierdo la fe en que la rebelión de Blade Runner también sea posible entonces; que sus planes deshumanizantes fracasen por una quiebra total de su emporio económico; o sea detenido por una alianza de naciones.


