El contraste de las votaciones de octubre pasado se esperaba fuese entre la voluntad de apoyar y fortalecer un proceso de cambio que necesita el país o permitirle a los electoreros de siempre volver por sus fueros de ineficiencia y deshonra.
Pues bien, lamentablemente los resultados demuestran la continuidad y la poca disposición por una nueva concepción de la administración del Estado, con propuestas para combatir ciertamente la concentración de privilegios, la corrupción y delitos de toda índole.
Primero, porque las grandes decisiones en ese sentido corresponden a la Justicia y al Congreso de la República y los que se eligieron fueron dignatarios del orden territorial.
No obstante, la moral y la honorabilidad de los mandatarios obviamente debe ser en todos los niveles.
Lo que sucede no es tanto que los dignatarios escogidos no lo deseen, sino la falta de garantías para saber si sus inmediatos colaboradores lo sean también, sobre todo si provienen de cuotas burocráticas amarradas a compromisos de campaña.
Se necesita mucho temple y un gran carácter para no dejarse imponer condiciones.
Mientras, lo indicado es la buena fe y la necesidad de tener servidores públicos honorables y probos, que respeten y hagan respetar las leyes.
Es hora de aceptar que se trata de una transición indispensable para el país.
Así lo hemos entendido los integrantes de distintas corrientes políticas, incluso Independientes y sin partido. La situación vivida de 30 años para atrás no se arregla en un abrir y cerrar de ojos, las reformas exigen compromiso y toman tiempo.
Se necesita de un esfuerzo a fondo por defender los derechos civiles y buscar el desarrollo de la sociedad en todos los ámbitos.
De ahí que se requiera estar alerta, ejercer veeduría y control ciudadano, además de continuar con ese importante trabajo de las organizaciones alternativas que luchan por estos ideales.
El país despertó no para defender un discurso marxista, como dicen quienes carecen de argumentos serios y valederos, simplemente el motivo es la convicción y sensatez de quienes creemos en la democracia y respetamos la institucionalidad, pero en manos honestas.
Más bien, el pueblo se cansó de sus gobernantes tradicionales, así lo percibimos quienes de alguna forma hemos trabajado por las comunidades, incluso los liberales y conservadores de base, inteligentes y de avanzada, por convicción, dignidad y compromiso. Ojalá el voto fuese obligatorio para contrarrestar a aquellos que lo hacen con fines perversos.
Así todos estaríamos listos a exigir el relevo de quienes no han sido capaces de gobernar sin anteponer su propio beneficio y el de sus amigotes. Corrupción, nóminas paralelas, nepotismo sobre endeudamiento, déficit fiscal, etc.
Es posible el cambio cuando hay voluntad política para hacerlo y cuando el presupuesto no se lo roban.
En consecuencia, el interés común por un mejor vivir para todos, es el punto.
La última palabra está en las urnas, pero mientras los resultados electorales continúen siendo los mismos del pasado 29 de octubre, todo seguirá igual.
Tan obvio como una “verdad de Pero grullo”

