Para que el país recupere su perdido equilibrio es preciso darle a la retórica una ética.
Debemos recuperar el camino de la legitimidad, no podemos continuar desvirtuando la realidad utilizando las mismas instituciones para, perversamente, desacreditar al adversario.
Para eso debemos comenzar por recuperar, por parte de los altos directivos del poder, el lenguaje responsable y mesurado exento de elementos subjetivos.
Somo un país tórrido en clima y en temperamento. Por eso hay que empezar por desmovilizar ese léxico pendenciero que se ha venido intrusando en los distintos órganos del Estado.
Tenemos que insistir en el tantas veces anunciado “Acuerdo Nacional” para que podamos entre todos situar los problemas fundaméntales a los que se refería Alvaro Gomez, en un alto plano mental. No se trata de controvertir con los gestores de una política sin antes examinar si las fórmulas propuestas resuelven las dificultades nacionales, garantizan el funcionamiento del estado y no aparejan un grave riesgo para el país.
La Institucionalidad no puede seguir siendo utilizada como patente de corzo por parte de quienes impunemente la subvierten, la corrupción es la más grave de sus expresiones y agazapada crece peligrosamente y se convierte junto con el tema de seguridad, que es trasversal, en prioritarios para cualquier agenda.
No podemos incurrir en los mismos extravíos que han llevado a países vecinos a una encrucijada, a un oscuro paraje histórico en donde la democracia que conocemos desaparece paulatinamente y sin remedio.
La paz es el presupuesto de una nación recuperada. No podemos transmitir el pasivo del odio que gravita hoy, a las futuras generaciones.
Nada resultaría más absurdo que la clase dirigente de este país persistiera en la desmedida trifulca y continúen erosionando la confianza Institucional, en lugar de consolidar las bases constitucionales sobre las que se pueda mover el futuro país.
Si se derrumban los muros del derecho que con tanto sacrificio construyeron nuestros ancestros, estriamos allanando el camino a la anarquía y al caos. Se requiere cambiar la dialéctica


