El ejercicio del periodismo serio, responsable, independiente y prudente, tiene como misión informar lo que sucede de manera oportuna, imparcial y veraz, sumado a la obligación de orientar a la opinión ciudadana dentro del marco de la constitución y la ley. Y no nos apartamos de esos principios a pesar de las constantes manifestaciones de algunos lectores de querer encasillarnos en defensa de posiciones políticas que en nade influyen en nuestro pensamiento y en el desarrollo de nuestro trabajo periodístico.
Lo que sucede es que la política en Colombia está en un pasaje, donde la narrativa de los opositores va en contravía de la realidad. O, cómo explicar que un gobierno “en crisis” se vigorice por mandato de los electores, como la fuerza política más fuerte seleccionada para la conformación del nuevo Congreso a pocos meses de finalizar su ciclo y que, designado Juan Daniel Oviedo, como la nueva mascota de Álvaro Uribe en la fórmula vicepresidencial de la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia y José Manuel Restrepo de Abelardo de la Espriella, los dos, insistan en su tesis repetida de que: “la gente está cansada del gobierno Petro”.
Conviene observar los resultados electorales del 8 de marzo para encontrar una realidad totalmente opuesta a esa afirmación. El Pacto Histórico no solo mantuvo su vigencia, sino que venció en las urnas, afianzando una mayoría legislativa que el país no sentía desde las épocas del bipartidismo. Lograr 27 senadores, diez más que el Centro Democrático y 41 curules en la Cámara, representa un mandato claro y contundente.
Asegurar que existe cansancio ciudadano frente al gobierno de Gustavo Petro resulta, absurdo, , incoherente, ilógico y disparatado; lo inverso, es el éxito electoral obtenido que se interpreta como un respaldo concreto a la gestión gubernativa. ¿Cómo se interpreta que el proyecto político de un gobierno al fin del cierre del cuatrienio, esté con tan alta favorabilidad y sea honrado como la fuerza política más votada? La respuesta es clara: existe un pueblo satisfecho, que aprecia resultados palpables y que ha sabido rechazar las etiquetas del engaño originadas por medios de comunicación que dependen de los grandes grupos económicos. Y es así como debe analizarse la realidad
Que un presidente cierre su administración con una imagen favorable que supera el 50 por ciento, según las encuestas, es noticia, gústele o no a muchos, y es deber de un periodismo serio registrarlo. Mientras los medios corporativos construyen una narrativa de desastre, en las regiones se valoran hechos inocultables: el avance de la Reforma Agraria, el fomento a la Educación, la fortaleza del turismo, la participación ciudadana, el respeto absoluto a la protesta social. Colombia no fue testigo de actos de represión que marcaron el pasado reciente y; la oposición ha marchado con plenas garantías, una coherencia democrática que el ciudadano de a pie valora por encima del mediático ruido negacionista
Otro espacio donde la falsedad choca con los datos, es la seguridad. Mientras se pregona que el país está “entregado al narco”, el Ministerio de Defensa reporta cuantiosas cifras históricas en decomisos de cocaína y la caída y deportación de capos. Los profetas del desastre atacaron por la inviabilidad económica sin mencionar las abultadas ganancias de los grandes conglomerados económicos, incluido el sector financiero; además de un dato muy alentador según un estudio del Banco de la República, que señala el período comprendido entre los años 2021 y 2024 en el que 3,4 millones de personas salieron de la pobreza monetaria, en gran parte gracias a la recuperación del mercado laboral.
Son hechos y resultados notorios que los discursos de Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella y sus seguidores ignoran por simple odio y por su afán de mostrarse “salvadores” buscando seducir a un sector político hoy confuso y a supuestos “petristas decepcionados”. Aquellos que se suman al coro de plañideras que piden “recuperar a Colombia” deben entender que el país cambió, que se requiere una oposición que abandone el odio y el engaño y acepte que el mapa político es otro. El intento por “recuperar” el país suena hoy más a un anhelo por recobrar los privilegios de una élite que se niega a aceptar que Colombia despertó y es simplemente lo que hemos tratado de expresar desde estas columnas con la mayor franqueza y honestidad posibles
