Otra semana mayor: mucho culto y poca fé interior

Opinión

Los colombianos acabamos de conmemorar, otra Semana Santa en medio del actuar violento y guerrerista de la subversión que no merma, a pesar de la firma de la paz con la que el expresidente Santos recibió un premio Nobel, sin que aquella se avizore, permitiendo mirar con optimismo el futuro cercano.

Acuerdo dentro del que se diseñó un nuevo orden político para el país, sin que contaran en él, poco o nada, las enseñanzas de Cristo y sus trascendentales mensajes de solidaridad, paz y amor, mismas que se difundirán con vehemencia durante dicha semana mayor, pese a que la mayoría de la población del país dice acatarlas.

En un país atribulado, en el que conviven en una misma contrastante realidad, la pobreza por un lado y las hiperfortunas generadas por el narcotráfico y la amplia gama delictual que lo acompaña como factores dominantes, por el otro, al margen del evangelio y acicateados por una inagotable aspiración al enriquecimiento fácil, que nos aleja cada vez más de la justicia social y el desarrollo.

Y mientras tanto en nuestras ciudades y poblados con mucho aparato y fervor aparente, se vieron la practica de todos y cada uno de los ritos externos, con templos abarrotados, dolidas promesas de amor a Dios y al prójimo, contritos gestos de arrepentimiento, multitudinarias procesiones, peregrinaciones de fieles descalzos o de rodillas y hasta flagelaciones y crucifixiones de penitentes pese a haber sido proscritas por las altas jerarquías de la iglesia.

Todo con el precario resultado que agotados los ritos y superada la semana de pasión, nada cambia y todo sigue igual, porque los mismos que desfilan y acompañan las imágenes sacras, nada hacen después para repudiar la injusta violencia que a todos afecta, o para ir contra el secuestro, el narcotráfico o la barbarie guerrillera.

Ni los que elevan llantos, plegarias o cánticos al altísimo dejan oír su voz oportunamente para censurar a los políticos y funcionarios corruptos y venales, ni los que hacen votos al cielo, miran por quien sufragan a la hora de votar en la tierra a fin de llevar a las altas dignidades de las diversas ramas del poder solo a aquellos que de modo estricto cumplen con el sacro decálogo, pertenezcan o no a su partido o a su credo.

Ni los que dicen amar al prójimo como a sí mismos se preocupan por que éste tenga empleo, alimentación, techo, seguridad social y educación.

Porque se vive la cultura de la forma, y como “el carbonero” no se va al fondo de la fe, al juicioso análisis y la serena reflexión que debe inspirar la palabra de Cristo, cuando de verdad se conoce y se cree en ella, con convicción profunda como lo propone el evangelio.

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