Al concluir la Semana Mayor, considero oportuno y pertinente escribir sobre un fenómeno social presente en la historia de la humanidad desde siempre, y que en los tiempos modernos se ha extendido y exacerbado.
La palabra FANATISMO, proviene del francés “ fanatisme “, que significa: Apasionamiento a favor de una creencia o partido. Originalmente surgió para defender, difundir e imponer una determinada creencia religiosa o ideología política; con el paso de los tiempos se ha extendido al campo deportivo, artístico y trascendido peligrosamente a la entrega incondicional, total y casi irracional a una persona. Sea esta líder político o religioso, artista o campeón.
Hoy son frecuentes en Colombia, los hechos de violencia protagonizados por hinchas de los equipos de futbol que se enfrentan por su camiseta y causan la muerte, y lesiones de otros fanáticos; así como daños materiales en estadios, vehículos automotores, almacenes, y otros bienes públicos y privados.
Esta práctica que es común en el mundo, conduce a la intolerancia, a la negación del otro, del que pertenece a una religión, partido o equipo distintos del seguidor, adepto o hincha.
La psicología y la psiquiatría han estudiado este comportamiento individual y de grupo, concluyendo hasta ahora que aunque no es una enfermedad mental, si constituye una práctica que puede derivar en trastornos de personalidad que impulsan al fanático a cometer actos extremos de discriminación, persecución e imposición a otros seres humanos; ejerciendo violencia verbal y física contra quienes no comparten su ideología o su religión, llegando hasta causar la muerte del opositor.
En nuestro país se percibe un malsano y peligroso fanatismo político, que ha pasado de la polarización entre los de izquierda y los de derecha para reducirse a Petristas y Uribistas; desembocando en el culto a la personalidad y en la idolatría hacia los dos personajes: El expresidente y el candidato que quiere ser Presidente. Como el fanático ve las cosas en blanco y negro, tiende a clasificar a los demás en esas dos categorías; sin pensar que existimos muchas personas que no somos ni lo uno, ni lo otro.
En la época en la que nos encontramos, EL FANATISMO que se refleja en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las conversaciones personales, y se convierte en factor de riesgo para la Democracia. El que defiende ciegamente y aun a costa de su vida a su candidato, fácilmente puede ser llevado a desconocer los resultados electorales si estos no benefician a su ídolo.

