Trump y los asesinos solitarios de USA

Opinión

El sábado 13 de julio, en Buttler, Pensilvania, mientras hablaba a sus seguidores en una tarima blindada, el candidato republicano de facciones siempre contrariadas se tocó la oreja izquierda, miró con incredulidad sus dedos, con rapidez de otros años se agachó, y desapareció de las cámaras. Pronto volvimos a verlo entre un atado de escoltas levantando un puño, con unas líneas de sangre surcándole la cara desafiante y triunfal. Me sorprendió ese gesto de buscapleitos callejero, cuando aún resonaría el susurro de la bala de fusil al pasar.

Una suerte de locos tuvo Donald Trump; no el simpatizante que resultó muerto en las gradas, ni el magnicida frustrado por su mala suerte, abatido por los francotiradores oficiales en el tejado donde se apostó. Un giro providencial de la cabeza de Trump salvó a USA de una tragedia política en los titulares de prensa donde se agotaría el alboroto, como allá suele suceder.

Sin embargo, la noticia mundial no fue el atentado que millones presenciamos casi en directo por la televisión, sino las imágenes en las redes de un hombre con un fusil moviéndose sobre un tejado concentrado en la figura de Trump, que subieron ciudadanos desde el sitio. Pronto supimos que su nombre era Thomas Matthew Crooks; su vida anodina de estudiante de secundaria con 20 años, las explicaciones tardías del FBI sobre las fallas de seguridad, y la renuncia obligada de su directora la misma semana. El mito de la eficacia del FBI había sufrido un revés muy costoso, y con el autor muerto, limpio de antecedentes criminales y de vínculos con terroristas musulmanes, descartaron la hipótesis de la conspiración y cerraron el caso. Nadie lo discutió y sobrevino el silencio.

Con el candidato a salvo y peleando en las encuestas, superaron el asunto y la zorra pobre volvió al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas, según un canto de Serrat. Los norteamericanos y los inmigrantes que laboran como mulas para ir “asando y comiendo”, están habituados a convivir con la amenaza de que, cualquier día, un tipo sin motivo personal les dispare una ráfaga en una discoteca, un supermercado, o asesine a sus hijos en la escuela a pleno sol. Una sombra que tiene sin cuidado a los conservadores que defienden el comercio sin restricciones de armas de fuego, a los 9.500 millonarios con más de 100 millones de dólares, y a los 453.000 con más de 30 millones que habitan ese país inmenso.

El asesinato masivo al azar es la endemia nacional de USA, es marca registrada de la sociedad líder en la idea fija de la acumulación de capital y el gozo íntimo del consumismo.

Es escalofriante la cuenta de los cazadores solitarios, y el saldo de sus víctimas es un reguero. Según los datos recogidos por la ONG Gun Violence Archive en estaciones de policía en todos los Estados de la Unión, en 2021 hubo 690 tiroteos con más de cuatro personas muertas o heridas en cada incidente, en 2022 contabilizaron 647, y 650 en 2023. Casi dos al día en promedio.

En los archivos de policía los autores no registran motivaciones políticas concretas. Son seres marginales, auto rechazados que viven desapercibidos mientras arden en silencio con el fuego de sus propios infiernos mentales, hasta que un día sin aviso, cansados de soportar la oscuridad social, estallan repentinamente con una furia bestial, cargándose al que se les pone por delante. Y generalmente mueren sin ser calificados como terroristas o enemigos del Estado, sin antecedentes de crímenes graves, sin que en su historial aparezca el diagnóstico de una enfermedad mental.

La respuesta de cómo y por qué se incuba el odio social en estos infra ciudadanos capaces de matar a discreción sin expresar ningún sentimiento, deben darla el psicoanálisis y la sociología, antes que la política.

La política y la religión dan razón suficiente del ataque al World Trade Center en 1993, la destrucción del edificio federal en Oklahoma City en 1995, el colapso de las Torres Gemelas del mismo W.T.C. el 11- S de 2002, y las bombas en el maratón de Boston en 2015; pero no explican los magnicidios después del cometido contra J. F. Kennedy en 1963. Porque desde entonces, las motivaciones de los autores sorprenden por la banalidad.

Mark D. Chapman disparó el 8 de diciembre de 1980 a su ídolo John Lennon a quemarropa, porque unos días antes no le quiso firmar un álbum allí mismo, a la entrada del edificio Dakota en New York. John Hinckley, que abaleó en Washington al presidente Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981, confesó haberlo hecho para llamar la atención de Jodie Foster, la joven actriz de Taxi Driver. Estaba podrido de amarla sin consuelo ni esperanza de que la rubiecita supiera de su existencia.

En Thomas Matthew Crooks, semilla del mismo surco, no aparece una motivación política que diera sentido a su delito. Con pinta de ayudante de iglesia anglicana, era el chico correcto para acompañar a las vecinas a la discoteca, pues era aplicado en clase y aparentaba tener la mente sana. La policía reveló que se atrevió a anunciar en una plataforma a sus conocidos con enigmático orgullo: “El 13 de julio será mi estreno, mira cómo se desarrolla”. Hizo prácticas en un club de tiro, y sabía de lo que hablaba.

Y las búsquedas sobre el “trastorno depresivo mayor” halladas en su ordenador, sólo ahonda las dudas sobre las causas que oscurecían su mente.

Asomarse al fondo de esos seres sufrientes es una aventura que exige intrepidez y lucidez. Carson McCullers, Steinbeck y Caldwell, que presenciaron la miseria de la soledad y de la vida sin esperanza en los Estados Unidos de los años 30 al 50, nos legaron personajes que en su rabia conservaron nobleza y sintieron compasión.

No pretendían acabar con su mundo sino hacerse un cálido lugar en él.

Lo de ahora es otra cosa. Los que acribillan transeúntes, pasajeros, párvulos y estudiantes de secundaria, buscan acabar con todo a su paso mientras caen. De ellos, de Thomas Matthew Crooks y Campo Elías Delgado, el asesino del restaurante Pozzetto retratado por Mario Mendoza en Satanás, tal vez pueda también decirse, como en El romancero Gitano, que: “Tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras […] / y ocultan en la cabeza / una vaga astronomía / de pistolas inconcretas”.

Casi da gusto habitar en una sociedad librada por ahora de la endemia de esos asesinos tristes.

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