La validez del ladinismo

Opinión

Como lo expresa Carlos Fuentes, “la cultura es la manera que cada cual tiene de dar respuesta a los desafíos de la existencia, tenemos que reconocer que Nuestra América Mestiza ha inventado no solo el ladinismo, sino el pluralismo, la validez del pensamiento diverso, como opción de armonía y convivencialidad social”. 

Una forma de confrontación a la compraventa de votos y conciencias.

Ante el deplorable espectáculo de la democracia electorera, con su compra y venta de votos y conciencias y con el amañado sainete repetitivo de los grupos hegemónicos queriendo posar de “alternativos”, mediante el habilidoso recurso de establecer alianzas, acuerdos y convenios con envilecidos y mediocres líderes populares, promoviendo el loteo de falsos sueños y esperanzas, –recurriendo, por supuesto, a la repartija de tamales, mercados, bultos de cemento y ladrillos, como precario coste del sufragio– y contando con la astucia del gatopardismo, de ese “cambiar algo para que todo siga igual”, que sigue siendo la principal estrategia de dichos grupos hegemónicos, tanto de esas viejas dinastías oligárquicas, herederas y perpetuadoras del régimen colonial-hacendatario que se niegan a desaparecer, como de esos ‘nuevos’ actores de la politiquería, esto es, los clanes de “contratistas”, “empresarios” y “emprendedores” subrogados de las mafias de narcotraficantes y paramilitares, de tan lacerante presencia en nuestro país.

Si el acomodamiento cínico y pragmático de estos personajes, (gamonales, encomenderos, patrones, capataces, contratistas y hasta simples arrieros y “lavaperros”) se presenta como un acto de viveza y de sagacidad, así mismo los sectores populares, históricamente subordinados, humillados y arreados a las urnas de votación cual dóciles rebaños, deberían buscar y propender por una respuesta igualmente inteligente y astuta.

Se trata de recurrir a aquellas tradicionales posturas, perspicaces y sutiles que siempre utilizaron los pueblos vencidos, esos que, de manera peyorativa, petulante y despreciativa, los colonialistas denominaron “ladinos”, como queriendo significar esa actitud engañosa, tramposa y pícara que asumían los indígenas y los negros, frente a los supuestos “valores” impuestos forzosa y arbitrariamente por la Corona, la Iglesia y sus agentes. Negros e indígenas ‘ladinos’, claro, considerados por ellos inferiores, incapaces y taimados –como los siguen considerando aún hoy, sus racistas engendros, vástagos y descendientes que mantiene vivo ese perverso legado–.

En realidad, tenemos que entender que, como afirmando una inmemorial reserva de dignidad, perviven en las mentalidades populares, en los imaginarios colectivos de los pueblos de éste Tercer Mundo, y particularmente de la América Latina, muchas costumbres y rituales ancestrales de las culturas y civilizaciones sometidas a las nociones homogeneizantes y uniformadoras de Occidente que, en virtud del ladinismo, esa astucia indígena, negra y campesina, han logrado sobrevivir.

Ha sido gracias a esos enmascaramientos y a las hibridaciones culturales, que los pueblos sometidos han sabido mantener sus originarios saberes, su cultura.

Legataria de múltiples culturas y heredera del más rico mestizaje que haya conocido pueblo alguno, Latinoamérica se yergue orgullosa gracias, precisamente, a la presencia rediviva del mundo precolombino, vigente no solo en las memorias de piedra de los viejos centros ceremoniales de Teotihuacan, Machu Pichu, Chichén Itzá o San Agustín, en los códices mayas, en el Popol Vuh y en el Chilam Balan sino, además, gracias al ladinismo, esto es, gracias a perfectos sincretismos y amalgamamientos culturales que, recogiendo del indio, del europeo y del negro, han sabido dar continuidad a sus culturas haciendo retroceder el olvido a que les han querido someter las corrientes colonizadoras y globalizadoras.

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Si, como lo expresa Carlos Fuentes, la cultura es la manera que cada cual tiene de dar respuesta a los desafíos de la existencia, tenemos que reconocer que Nuestra América Mestiza ha inventado no solo el ladinismo, sino el pluralismo, la validez del pensamiento diverso, como opción de armonía y convivencialidad social, pugnando por erradicar en estas latitudes los estrechos dogmas, los nacionalismos, la xenofobia, los integrismos y fundamentalismos que, en última instancia, son expresión del miedo al otro y que de manera odiosa y cotidiana están presentes, no en las culturas “primitivas” y “atrasadas” del África, de América y del Asia, sino en los tan civilizados como opulentos y arrogantes pueblos de Europa y Norteamérica y que exportan hacia los pueblos vencidos.

A pesar de la vieja intrusión colonialista, con sus secuelas de destrucción de las tradiciones y las comunidades, y de los más contemporáneos designios de un impositivo “orden mundial”, de carácter religioso, económico, político y cultural, que intenta el uniformismo planetario que hoy defienden socarronamente los candidatos acomodaticios y gatopardunos; a pesar de todo ello, pervive, gracias al ladinismo cultural, la riqueza de estas culturas multiétnicas que, desde sus raíces precolombinas y la “visión de los pueblos vencidos”, guiadas por claras concepciones insurreccionales y emancipatorias, han logrado establecer para la humanidad entera inefables paradigmas de resistencia, como el de la literatura latinoamericana, lo irreal maravilloso y el realismo fantástico, que constituyen la expresión estética y creativa de nuestra mágica cotidianidad. La ciencia que se ha desarrollado en Occidente, incapaz de lograr su propio proyecto racionalista y moderno de desencantamiento del mundo, ha optado por instaurar unas nuevas, aunque precarias creencias y mitologías: “la objetividad”, “el cientismo” y “el progreso”; porque paradójicamente, como lo anotaran Horkheimer y Adorno en su “Dialéctica de la Ilustración”, si bien el programa de la Ilustración era el desencantamiento del mundo, ésta –la Ilustración–, nacida bajo el signo de la dominación, ha consumido hasta el último resto de su propia propuesta al convertir la ciencia moderna en un conjunto de lógicas hostiles a la diversidad y al pluralismo, y al revestirse de un poder totalitario que más que fomentar la libertad la impiden, haciendo ver, ellos sí tramposamente, la civilización como un constante renacer de la barbarie y la historia como una perpetua reactualización de catástrofes. “La Ilustración recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse”.

El satánico y subjetivo espíritu de los sentimientos y conocimientos perseguidos por la civilización occidental cristiana y científica no ha sido derrotado y los imaginarios colectivos, con los restos y supervivencias de ese mundo mágico tan tenazmente acosado, siguen proponiendo valiosas posibilidades a los descreídos hombres de hoy, tan sometidos a las nuevas creencias. Como lo expresara con diáfana claridad el maestro Orlando Fals Borda, en el ámbito mundial se está gestando una contracorriente espiritual que afirmando las diferencias culturales nos propone un nuevo reencantamiento del mundo, propiciando la insurrección de esos sentimientos y conocimientos subyugados.

En fin, tiene sentido engañar, desde estas perspectivas plurales, mestizas y ladinas, a los que permanentemente nos engañan.

Hay que, aparentemente, aceptarles su religión, sus creencias, su cultura, mientras fortalecemos las perspectivas reales del cambio. Aceptar el tamal, las tejas, el cemento y luego votar por ese cambio real que hoy propone para Colombia el gobierno de Gustavo Petro, a pesar de las puntuales alianzas y convenios con algunos enemigos de los sectores populares.

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