ELN, la guerrilla inmovil

Opinión

El Ejército de Liberación Nacional cumplió 60 años de su fundación en San Vicente de Chucurí, Santander. “Eso fue el 4 de julio de 1964”, le dijo Fabio Vásquez Castaño, su primer comandante, al periodista mexicano Renato Menéndez de la revista Sucesos, invitado a registrar el 9 de marzo de 1967 “El asalto al tren pagador” en la región del Opón. Como en un filme del viejo Oeste, con explosivos sobre los rieles descarrilaron la locomotora, y dispararon sobre los carabineros encargados de custodiar el dinero.

Pero su bautizo en la guerra había ocurrido el 7 de enero de 1965 en Simacota, donde 27 guerrilleros atacaron el puesto de policía y el del ejército, asaltaron la Caja Agraria, la agencia de Bavaria, y en la placita del pueblo montañero Vásquez Castaño leyó El Manifiesto al pueblo colombiano; el documento fundacional donde proclamaron “la lucha armada como único medio efectivo para la conquista del poder”.

Con 60 años, el ELN supera los 52 de las FARC -EP del 23 de junio de 2016 al firmar el Acuerdo de Paz de La Habana con el gobierno colombiano y, como si nada, continúan dialogando de paz. ¿Qué edad tienen, entonces, sus delegados que negocian con el gobierno de Petro? Algunos sobrepasan a la magnífica pléyade de coroneles y generales derrotados que prometieron “exterminar la guerrilla comunista y pacificar la nación” sin lograrlo, y que con placidez de pensionados de la guerra perdida, se manicuran y afeitan en las sedes de Acore, o reposan en los clubes pagados parcialmente con nuestros impuestos. La comparación es irresistible porque el ELN prometió derrotar al “ejército de la burguesía”, con fracaso evidente.

La paz en Colombia se ha negociado entre dos ejércitos derrotados por su propia

falta de determinación y eficacia en la misión que se propusieron, y que justifica su

existencia.

Así lo vi mientras formé parte del equipo gubernamental que intentaba hacer la paz con la Coordinadora Guerrillera conformada por las FARC-EP, el ELN y un reducto no desmovilizado del EPL. Porque, claramente, las FARC-EP, el ELN y el Ejército

Nacional, nunca se fijaron plazos forzosos para cumplir sus promesas de guerra. Algo que nadie les reprocha a los altos mandos que pasan al retiro con “la satisfacción del deber cumplido” y “el honor” intacto en sus clubes, y los otros, a comer “moros” con albóndigas.

Mientras la guerra de guerrillas perdía su oportunidad, la insurgencia colombiana porfiaba en combates incapaces de cambiar la guerra, volaba oleoductos, secuestraba y administraba negocios de droga; sin ver cómo se erosionaba la simpatía marginal que alguna vez tuvieron; que la tecnología militar la colocaba en la edad de piedra y sólo la ineficacia de las tropas estatales los ha librado de la aniquilación; sin demostrar que las décadas en el monte sumaban sin reportar ningún beneficio tangible a la sociedad.

De ahí que, al menos, desde hace cerca de 25 años el Ejército de Liberación Nacional, surgido para hacer la guerra móvil opuesta a la guerra de posiciones según el canon Guevarista divulgado por Regis Debray, se convirtió en una paradoja de sí mismo: en una guerrilla políticamente inmóvil, y militarmente inofensiva en lo estratégico.

Las ideas al mando del ELN siguen estancadas en el tiempo de Simacota; y como su política no se transforma, la organización no revela que haya decido convertirse en una opción política civil. Las palabras no cambian si las ideas no lo han hecho, y los jefes elenos insisten en repetir las de aquel breviario ideológico ya desteñido del 7 de junio de 1965.

Y después de 33 años de aproximaciones y negociaciones fallidas con los gobiernos de Gaviria, Uribe, Santos, Duque y Petro, no cambia su lenguaje elusivo y sinuoso que dificulta distinguir entre lo que ciertamente se dijo y lo que se quiso decir.

Con los elenos, igual que con nuestros indígenas – según mi doble experiencia –, todo vocablo está sometido a su propio referendo. Y aun así, el nuevo significado es susceptible de glosas incontables de su parte; como el alcance de la participación ciudadana en los diálogos territoriales, de lo que hablan desde 1992, mientras aplazan el debate sobre el centro mismo de las negociaciones.

Quizás la mayor distorsión del ELN es la insoportable libertad con la que interpretan los hechos y los preacuerdos. Creen firmemente, que pueden hacer explotar bombas en la Escuela de Suboficiales de la Policía en Bogotá, y atacar con cilindros explosivos el cuartel militar en Puerto Jordán, Arauca, sin repercusiones en la mesa. Desprecian sin sonrojo la nueva sensibilidad social de los colombianos formada desde hace 35 años con el proceso de paz con el M-19, que al socavar el respaldo a las negociaciones limita la maniobrabilidad del gobierno.

Pero la ruptura de las conversaciones no parece inquietar en serio a los delegados del ELN, habituados al lento manoseo del tiempo. Ahí sigue Nicolás Rodríguez Bautista, ‘Gabino’, que participó en la toma de Simacota, sobrevivió al fusilamiento en 1968 de Víctor Medina Morón, Julio César Cortés y Heliodoro Ochoa acusados de traición por Vásquez Castaño, y a la ejecución en 1971 de Jaime Arenas en una calle bogotana después de publicar su libro “la guerrilla por dentro” de la que había desertado en 1969. Algún orgullo debe hallar en ello, porque todos los de Simacota se fueron a tiros o naturalmente. ‘La Mona Mariela’ murió en 2018 en La Habana, y Fabio Vásquez en 2019 allí mismo. Y cerrando los créditos del filme, el periodista Menéndez falleció el pasado 15 de abril en su Mérida natal.

Con la paciencia de los inmortales, los jefes del ELN no se esfuerzan por tranquilizar a la sociedad y facilitar la gestión del gobierno en la mesa. No han descubierto lo que los Comunes aprendieron demasiado tarde: las masas no los esperaban para entregarles la dirección de su proyecto político, y terminaron enmudecidos en un rincón de la historia.

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