Por: SANDRA MILENA BONILLA
Escritora, Directora de Mujeres brillando
Coach de Felicidad
El amor es un sentimiento complejo, y muchas veces parece desafiante definirlo. Tengo un esposo y una hija, y en ocasiones le digo a mi esposo “te amo”, pero en otras no lo soporto. Hay momentos en que desearía que nos separáramos y él se fuera lejos, pero también hay días en los que lo admiro profundamente por ser ese hombre trabajador, caminando por las calles, ofreciendo sus servicios de soldadura.
Llega a casa soleado, con hambre, pero siempre con buena actitud.
En esos momentos, me nace quitarle los zapatos, calentarle agua para que se bañe, darle de comer, abrazarlo y nunca soltarlo.
Le pido a Dios que siempre esté a mi lado, que vivamos juntos el resto de nuestras vidas.
Nuestra hija, Victoria, tiene 3 años. La anhelé tanto antes de su nacimiento, que su llegada fue un verdadero milagro. Por eso escribí “Nacimiento: Una Victoria”, una historia conmovedora e inspiradora sobre ella. A veces la abrazo y agradezco tenerla a mi lado; me siento una madre privilegiada.
Pero, como cualquier niña, hay días en los que se comporta de forma desafiante. Por ejemplo, cuando quiero ponerle un vestido rosado con sandalias cafés, pero ella insiste en vestirse con ropa deportiva. En esos momentos, siento una especie de impotencia, como si los roles se invirtieran, como si ella fuera la madre y yo la hija.
Cuando esto sucede, sé que debo corregirla, aunque me duele. Lo hago para que no se aproveche de la situación en el futuro. Tal vez pienses que no sé amar, y quizás tengas razón. O tal vez no. El amor verdadero, después de todo, es eterno; no se desvanece, perdura sin importar las circunstancias, tanto en las buenas como en las malas.
Lamentablemente, en este mundo parece que el verdadero amor se está perdiendo. Y creo que es porque no nos hemos conectado con la fuente del amor: Jesucristo.
En Primera de Corintios 13:4-8, se nos dice que “el amor es paciente, es bondadoso; el amor no es envidioso ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con dureza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue.”
Si me preguntan, tal vez yo no sepa amar de la manera perfecta. Pero tú, Padre, que todo lo ves y escudriñas los corazones, sabes si sé amar o no. Y si aún no he aprendido, lléname de tu amor y sabiduría para poder amar a mi familia y a quienes me rodean. Enséñanos a todos a amar como tú amas, sin fingimientos, con un corazón limpio y lleno de tu amor. En el nombre de tu hijo Jesús, amén.


Excelente texto, muy edificante e interesante.