
El escribir se vuelve a veces más que un deseo imprescindible, una rutina, un algo que nos impele a expresar lo que pensamos o sentimos, para que otros dediquen parte de su tiempo y nos lean, resignándonos a que estando conformes con nuestras críticas y razonamientos nos sigan estimulando con su lectura y de paso, perdonen los errores o equívocos en los que podemos haber incurrido.
Es por lo anterior que me atrevo a volver a escribir y, pero lo hago esporádicamente luego de que por razones de salud y edad abandoné la columna que en cada edición venía ocupando, por gentileza de nuestro director Jorge Torres, con ocasión del fallecimiento del Dr. Simón de la Pava y, que desde comienzos del pasado año entró a ocuparla, el destacado escritor, mi admirado amigo, Dr. Álvaro Hernández.
Es así, como al completar Actualidad Tolimense mil (1.000) ediciones, fruto de la arraigada vocación y perseverancia de sus directores, consideré motivo más que suficiente el incluir en esa edición una especie de crónica, una historia donde pretendo que los lectores entiendan en lo que quedó reducido el liberalismo después del Frente Nacional y de un siguiente periodo que tuvo una duración de 48 años hasta el 7 de agosto del año 2022, cuando una izquierda progresista y legítima, liderada por el Dr. Gustavo Petro Urrego, conquistó el gobierno gracias al cual hemos descubierto los engaños y mentiras de las que hemos sido víctimas quienes creíamos profesar una auténtica política de izquierda, por lo que ahora vuelvo a escribir.
Somos muchos todavía los que aún no alcanzamos a entender cómo es que en ese periodo tan extenso al que me acabo de referir, no hubiéramos percibido el engaño a la verdad del que éramos víctimas, como fueron de innumerables los crímenes cometidos por la fuerza pública en alianza con el paramilitarismo o, con el narcotráfico algunas veces, pero lo peor aún, contando con la aquiescencia o, al menos, la indiferencia y tolerancia de los gobernantes de turno, quienes creyeron ingenuamente que tales hechos se justificaban por tratarse de una defensa contra el terrorismo.
De igual manera de esos crímenes vale la pena mencionar los falsos positivos, ocurridos durante el doble gobierno de Álvaro Uribe Vélez; el exterminio de la Unión Patriótica (UP) en los mandatos de Virgilio Barco Vargas, – así éste se negare a reconocerlo, según dice, por no haberse dado cuenta de ello – y en el de Cesar Gaviria, a quien le pareció normal porque a su vez también le correspondió ocuparse de gran parte de los crímenes y actividades, entre otros, de los capos del narcotráfico Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y de los hermanos Rodríguez Orejuela; de igual manera los causados en la presidencia de Belisario Betancur con ocasión de la toma y la retoma del Palacio de Justicia, donde perdieron la vida ilustres magistrados y funcionarios, lo mismo que guerrilleros, empleados y visitantes.
Así mismo, conviene resaltar que en medio de la unión y del estrecho vínculo de los dos partidos, pasó desapercibido que el liberalismo optare por cambiar su ideario y su doctrina por la del neoliberalismo como corriente económica y política cuya misión se concreta a minimizar la intervención del Estado en la economía, entregándole el manejo de las empresas públicas al sector privado.
Consecuente con esa política neoliberal y además bajo la equivocada creencia de que el Estado es un mal administrador, se incurrió en el error de entregarle al sector privado el manejo, digamos en su lugar más que el manejo, la explotación de los servicios públicos de Energía, Aseo, Acueductos y Salud, entre otros, olvidando que la misión principal de las empresas privadas es la obtención de utilidades, para ser repartidas al final de cada ejercicio entre sus asociados, circunstancia que de mala fe y sin recato alguno los administradores aprovechan para su ilegal enriquecimiento, como está demostrado plenamente con las EPS, que son un nicho de corrupción y donde varios de los que las dirigen y manejan se encuentran ad portas de ser encarcelados.
Por fortuna la política de cambio y transformación del presidente Petro ha sido suficiente para despejar la venda que nos impedía valorar y calificar el proceder y las actuaciones no sólo de nuestros líderes políticos sino también de quienes nos han gobernado desde que tenemos uso de razón.
Lo anterior, nos permite creer con esperanza y optimismo en un futuro de reconciliación y de paz, donde con un Congreso de mayorías justas y sensatas se le ponga término a la actual oposición terca y corrupta.
