La historia es el relato del poder

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No es la historia la que “se repite”, es el poder el que lo hace incesantemente. Porque el poder es la fuerza que no se extingue y transforma su apariencia con los tiempos, todo relato sobre la historia humana ha sido y será, finalmente, la imagen en claroscuro de la evolución del dominio político y militar. Los hechos esenciales no mudan, lo hacen el decorado, el libreto y los personajes sobre el escenario.

En la “Guerra del Peloponeso”, Tucídides, que intervino como estratega en ella, incluye un diálogo sumamente revelador para un lector moderno.

Los atenienses deciden atacar la isla de Melos porque es neutral en la guerra que Atenas libra con Esparta, y esa neutralidad no es buena para su prestigio de guerreros invencibles. Prefieren que los melios les hagan la guerra para tener ocasión de vencerlos, y cunda la noticia de que no están dispuestos a perdonar a los que se opongan a su proyecto de “expansión defensiva” frente a Esparta. Veamos lo que se dijeron entonces: “No os vamos a aburrir con discursos largos convenciéndoos de que nosotros tenemos el derecho de hacer lo que hacemos porque hemos ganado a los persas, o intentando demostrar que nos habéis provocado. Simplemente os decimos que o bien os sometéis o bien os destruimos”. Los melios, temerosos de las consecuencias ruinosas de un choque, se oponen y sostienen que no es justa la alternativa que les ofrecen. Conocedores de la desventaja militar de los otros, los atenienses contestan que, “la justicia sólo es aplicable entre iguales en fuerza, porque al fin y al cabo, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan”.

Entonces los melios aducen que respetar su neutralidad sería de provecho para los atenienses, porque les evitaría pagar las consecuencias de haberlos atacado en caso que perdieran la guerra con Esparta. Los de Atenas dicen que aceptan el riesgo, y que están allí para provecho de su imperio y proponerles lo mejor para ambas partes. (Porque suponen que la destrucción de Melos será segura, y que sería mejor que no ocurriera si éstos se rinden). Y agregan que todos obtendrán beneficio si evitan la destrucción.

Los melios, que desde el comienzo comprendieron la lógica del poder

militar que los amenaza, preguntan: “¿Y cómo puede resultar útil para nosotros convertirnos en esclavos, del mismo modo que para vosotros lo es ejercer el dominio?” A esto los atenienses responden que aceptar su supremacía les

libraría de grandes males y ellos saldrían ganando al no tener que destruirlos.

(Pues prefieren aprovecharse de lo que poseen, que no será de mucho valor después de una guerra). Arrinconados por la lógica de un poder superior, los melios les hacen ver que pueden ser amigos sin necesidad de ser enemigos de

los espartanos, pero los otros replican: “No, porque vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad, que para los pueblos que están bajo nuestro dominio sería una prueba manifiesta de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza”. Puestos en la encrucijada más temida de supervivencia, responden que no piensan oponerse a su poderío (confiados en que no sucumbirán mientras estén del lado de los

2 dioses que no aceptan la injusticia). Los atenienses alegan no estar haciendo nada contra los dioses, y estar seguros de que si los melios se hallaran en la misma situación de poder actuarían igual a ellos, guiados por “un inexorable impulso de la naturaleza”. Y se justifican de no haber inventado esa ley, sino haberla recibido como ya existía. Finalmente los melios no cedieron, y después de un largo asedio, los atenienses mataron a todos los adultos que apresaron e hicieron esclavos a las mujeres y a los niños. La Liga del Peloponeso comandada por Esparta derrotó a la Liga de Delos dirigida por Atenas, cerrando una guerra librada entre el 431 y el 404 A.C. Resulta curioso que sea un general ateniense quien traiga hasta nosotros el relato sobre la argumentación implacable de la fuerza.

Como si él mismo estuviese persuadido del inexorable impulso de la naturaleza que justifica al poderoso a despreciar la neutralidad y exigir la rendición incondicional.

La escena de Tucídides no ha cambiado esencialmente, al cotejarse con las amenazas de Donald Trump a varios países con ejércitos inferiores al del imperio norteamericano, más vigente que nunca en nuestro hemisferio.

Mientras Groenlandia, Canadá y Panamá sufren la amenaza de anexión “por una u otra vía”; Venezuela fue atacada militarmente y su gobernante arrancado de su país para ser procesado en USA con cargos poco seguros de probar más allá de toda duda; y la democracia colombiana está bajo la amenaza de ser intervenida en las próximas elecciones, como ocurrió en Honduras y Argentina. Trump no necesita leer a Tucídides para saber que quien comanda una fuerza militar poderosa crea y modifica a su antojo las reglas de sometimiento.

Si los libros de Tucídides – tanto como los de Jenofonte y Pausanias –, fueran lectura obligada en las facultades de derecho, se comprendería hasta qué punto las nociones de justicia y derecho, para que funcionen aceptablemente, requieren de una organización política fuerte que limite el poder de los individuos y los grupos. Y se habría visto que la democracia ideal propuesta por Platón para imponer el equilibro entre los ciudadanos, sólo pudo tener aplicación restringida a una minoría de hombres libres – los únicos iguales –, mientras una gran mayoría compuesta por esclavos y metecos (los extranjeros, incluso griegos de otras ciudades), careció de derechos políticos, y permaneció excluida de “la democracia perfecta” platoniana. Es lo que no se dice en las aulas.

Aquel diálogo parece repetirse hoy, ante la fuerza que reitera su prevalencia sobre los débiles y desprecia la neutralidad. Una enseñanza antigua que algunos se niegan a aprender en estos días.