Por: ROBERTO HERRERA BARRIOS
Cortesía de su portal en Internet

Petro llegó a la historia grande de Colombia como un sacudón. No entró pidiendo permiso: entró rompiendo la puerta del establecimiento.
Yo, Roberto Herrera Barrios, creador del portal digital Roberto Herrera Barrios en Facebook, he aprendido a mirar la política colombiana sin pestañear, aunque a veces duela. Y si hay dos hombres que han partido en dos la historia reciente de esta nación, esos son Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro Urrego. Dos hombres distintos, dos visiones opuestas, dos fuegos que todavía arden sobre la piel de Colombia.
Álvaro Uribe Vélez es de Medellín, Antioquia, una ciudad levantada entre montañas, cemento, comercio, orgullo herido y empuje feroz. Medellín es una tierra que conoce la disciplina, el trabajo duro, la ambición y también el peso de sus tragedias. Es una ciudad que ha sabido renacer de sus propias cenizas, marcada por la violencia, por la desigualdad y por esa obsesión de no dejarse derrotar. De esa Antioquia recia, vertical, laboriosa y mandona salió Uribe: un hombre de voz seca, de paso firme, de autoridad sin temblor.
Uribe fue para muchos el hombre que le devolvió al país la sensación de control cuando Colombia parecía secuestrada por el miedo. Se convirtió en el gran símbolo de la seguridad democrática, en el caudillo de los que querían orden, mano dura y obediencia. Y sí, hay millones que todavía lo veneran como el hombre que enfrentó a la guerrilla cuando otros dudaban. Pero la historia no puede escribirse solo con aplausos, porque también hay una sombra inmensa que lo persigue y que no se borra con discursos ni con nostalgias.
A Uribe no se le perdona que, bajo la obsesión enfermiza de mostrar resultados, Colombia quedara manchada con la sangre de miles de inocentes. Sobre su legado pesa la herida espantosa de los falsos positivos, esa maquinaria del horror que convirtió a jóvenes humildes en cifras de guerra, en trofeos macabros, en cuerpos disfrazados de enemigos para inflar victorias militares. Esa mancha no es un detalle menor: es un grito que todavía retumba en las madres, en los barrios pobres, en la memoria de un país que aún no termina de contar sus muertos.
Y por eso hoy yo se lo digo sin rodeos, con la dureza que exige la verdad política y con el respeto que también da la edad: doctor Uribe, descanse. Su tiempo ya pasó. Ya tuvo poder, gloria, seguidores, riqueza y protagonismo suficiente para varias vidas. Deje libre el camino de la política. Deje espacio a las nuevas generaciones para gobernar. Tiene el dinero suficiente para descansar dignamente. Colombia no puede seguir atada eternamente al mismo apellido, al mismo miedo, al mismo libreto de guerra. El país necesita aire nuevo, otra conversación, otro horizonte.
Y del otro lado está Gustavo Petro Urrego, hijo de Ciénaga de Oro, Córdoba, una tierra caliente, fértil, campesina, atravesada por el sol, la memoria rural y el corazón profundo del Caribe colombiano. Ciénaga de Oro no es una postal cualquiera: es una tierra de barro, de cosecha, de pueblo, de resistencia callada y de hombres y mujeres que saben lo que cuesta vivir lejos de los privilegios del centro. Allí no nació un político de club ni de élite tradicional; allí nació un hombre marcado por la periferia, por la provincia y por el eco largo del país olvidado.
Petro llegó a la historia grande de Colombia como un sacudón. No entró pidiendo permiso: entró rompiendo la puerta del establecimiento. Se levantó como la voz de una nación que venía despertando del engaño, del abuso y de la ceguera política en la que la habían hundido durante años los sectores más duros de la ultraderecha. Donde otros veían resignación, Petro vio pueblo. Donde otros veían obediencia, Petro vio rabia contenida. Donde otros solo administraban privilegios, Petro decidió hablar de justicia social, de dignidad, de reforma agraria, de campesinos, de jóvenes, de excluidos.
Yo no tengo miedo de decirlo: Petro levantó a una nación que estaba enceguecida. La sacudió del letargo. La obligó a mirar de frente el abandono histórico del campo, la miseria disfrazada.
