
Por: JOSÉ DARÍO RAMÍREZ MORENO
Sin pretensiones mayores quiero expresar mi humilde opinión respecto a la degradación de la violencia política que se ha venido presentando con motivo de la actual jornada electoral, los grupos subversivos han intensificado sus actividades contra la fuerza pública y contra la población civil en las zonas donde tienen mayor influencia. Se reportan 386 municipios en alto riesgo de violencia electoral lo que conlleva a que los derechos democráticos en estas zonas resulten restringidos. El tono de la confrontación entre las distintas campañas de los candidatos de izquierda y de derecha son cada vez más agresivas. Esto no es nuevo, la realidad es que nuestro país ha estado atrapado a un siclo de violencia muy ligado a disputas por el poder, bajo las banderas de la justicia social y la equidad económica.
En su momento para enfrentar esa violencia, irracional y descontrolada, se recurrió a la creación del Frente Nacional, un gran acuerdo, pero a la postre fracaso porque no incluyo a todos los actores políticos en su momento, pero, además, no resolvió el problema de la exclusión social ni la inequidad económica; tampoco pudo impedir el surgimiento de la guerrilla ni el narcotráfico. La aparición de este último ingrediente ha sido nefasta para las aspiraciones de una paz duradera. El narcotráfico cambió las reglas de juego en el conflicto al convertirse en la principal e ilimitada fuente de financiación de la guerra. A partir de ese momento ya el conflicto dejo de ser una disputa ideológica para convertirse en una disputa por el negocio del narcotráfico.
La constitución del 91 que es el último intento de lograr con un gran acuerdo para resolver las causas de la violencia política, produjo grandes cambios e indudablemente ha sido el mayor intento por resolver los problemas estructurales que contribuyen a la exclusión y a la desigualdad, modernizando y democratizando el estado, pero se quedó corta al no lograr desmontar los grupos armados ni destruir el narcotráfico y esos son hoy los principales responsables de la actual violencia fratricida en nuestro país. Pero lo más grave es que, seguramente el haber convivido generación tras generación guerras civiles, guerrilla, paramilitarismo y narcotráfico, se haya creado la cultura donde eliminar físicamente al adversario se haya vuelto un normal instrumento político y que ciertos grupos de extrema izquierda y extrema derecha estén promoviendo como estrategia para seguir en la espiral del miedo, del odio y la sed de venganza.
¿Cuánta sangre de nuestros hermanos colombianos se debe derramar hasta que estos bárbaros sean desenmascarados y sometidos a la justicia humana?
