Ibagué y su deuda con la  memoria arquitectónica

Ciudad Opinión

Autor: Fernando Sabogal Ojeda

Abogado y Escritor

Desde hace muchos años he insistido en una preocupación que, lejos de perder vigencia, se hace cada vez más urgente: el abandono sistemático del patrimonio arquitectónico en Ibagué. Lo que alguna vez fue una ciudad con identidad, con huellas visibles de su historia republicana, hoy parece resignarse a dejar caer, uno a uno, los pocos vestigios que aún la conectan con su pasado.

Un caso emblemático es la Casa Urrutia, ubicada en la tradicional Plaza de Bolívar. Este inmueble, que en algún momento estuvo bajo el cuidado de la Universidad Cooperativa de Colombia, hoy se encuentra en condiciones deplorables. Puertas deterioradas, espacios convertidos en bodegas improvisadas y una evidente falta de mantenimiento son señales claras de un abandono que no solo afecta la estructura física, sino también el valor simbólico que representa para la ciudad.

A pocas cuadras, frente a Mercacentro de la 14, se encuentra otro edificio de gran valor histórico. De estilo republicano, amplio y aún imponente, este inmueble parece estar al borde del colapso. Hoy funciona como sede de comercios informales que poco aportan a su conservación. Sin intervención oportuna, su destino será el mismo que el de muchos otros edificios históricos: desaparecer sin que nadie asuma responsabilidad. Estos no son casos aislados. Cerca del Panóptico de Ibagué, en la intersección de la calle 10 con carrera octava, también sobrevive otro inmueble que guarda la estética y el espíritu de una época que definió buena parte del desarrollo urbano de la ciudad. Son piezas únicas, irremplazables, que deberían ser motivo de orgullo y no de indiferencia.

La pérdida del patrimonio no es solo un asunto estético o nostálgico; es una pérdida de identidad. Una ciudad que olvida su historia es una ciudad que pierde rumbo. No se trata de romantizar el pasado, sino de reconocer su valor y entender que el desarrollo no puede construirse sobre el olvido.

Por eso, este es un llamado respetuoso pero firme a la Alcaldía, a la Secretaría de Planeación y al Concejo Municipal: es momento de actuar. No basta con discursos sobre cultura o turismo si no se protegen los escenarios reales donde esa historia habita. Recuperar estos inmuebles no es un lujo, es una obligación con la ciudad y con quienes vendrán.

Ibagué aún está a tiempo de salvar parte de su memoria. Pero el tiempo corre, y cada día de inacción acerca más a estos edificios a su desaparición definitiva. La pregunta es simple: ¿seremos la generación que permitió que la historia se derrumbara, o la que decidió preservarla?