El Dueto Camino Real de Ibagué integrado por las jovenes y talentosas maestras Vanessa Sáenz en la primera voz y Heidy Castro segunda voz y tiplista subieron al escenario como nuevas Princesas de la Música Colombiana, acompañadas por Fabio Alexander Gómez en el piano y Jesús Castro en la flauta y dirección del dueto
La música, inseparable compañera del hombre, en los momentos de felicidad o tristeza, evocando amores idos e imposibles, aflorando en las manos de los creadores de la palabra y quienes dejan deslizar sus dedos sobre el pentagrama, creando versos y tonadas para arrancarnos suspiros, sentir que aún estamos vivos y dispuestos a ganar la batalla.
Esas músicas del mundo, como lo conocemos en la actualidad son el legado de nuestros antepasados, quienes se abrieron paso entre las montañas y planicies, creando pueblos, arañando la tierra, en las noches frías dejando escapar un canto lastimero, contando historias convertidas en bambucos, guabinas, pasillos, rajaleñas, sanjuaneros y vals, acompañados del tiple, la bandola y la guitarra.
Es grato encontrarnos con un festival como el de la música colombiana, homenaje a los Príncipes de la Canción – Garzón y Collazos en la ciudad musical de Colombia – Ibagué- Que año tras año atrae la atención de los amantes de estos ritmos, para no dejarlos morir y puedan perdurar con el paso del tiempo, permitiendo que las actuales y nuevas generaciones se puedan contagiar de ellas y se sientan orgullosas.
Niños, jóvenes y adultos se hacen partícipe de este festival que suma ya 38 versiones, para convertirlo en uno de lo más importantes. No podemos olvidar a los festivales de la bandola en Ginebra (Valle), el Luis Carlos González de Pereira (Risaralda), El Contrafa de Bello (Antioquia), El de la Guabina en Chiquinquira (Boyacá), El Mangostino de Oro en Mariquita (Tolima), y que decir de los Festivales Internacionales del Joropo en Villavicencio (Meta), El del Pacífico Colombiano en Cali (Valle), El del Porro en San Pelayo Cordoba, entre otros.
En estos tiempos de avances en la ciencia y la tecnología y la aparición de artistas y ritmos, que mas bien dan deseos de sentarnos a llorar, con letras vulgares, salidas de todo contexto, nada elaboradas, donde la mujer pasa a convertirse en un articulo en una mercancía, en un objeto de placer y menospreciada en sus contenidos, letras ante el beneplacito de una sociedad encaminada al caos, en todo el sentido de la palabra.
El tener placer de escuchar a los nuestros: “Los inolvidables” y “El viejo Tolima”, quienes no dejan morir ese legado, no solo de “Garzón y Collazos” si no de los grandes “Silva y Villalba”, para dejarnos arrullar sobre el pentagrama, donde nuestro diario transcurrir se llena de poesía, amor, sinceridad, lealtad, respecto y sobre todo: pasión.
“Que triste quedó mi rancho y abandonado… añorando ese viejo Tolima como lo expresa Rodrigo Silva, en un tema que invita a las gargantas de los desprevenidos para dejar que sus voces se escuchen en coro, como queriendo que el tiempo se detenga y no pasen los años. Por todo esto es meritoria la labor de la señora Doris Morera de Castro, el maestro César Augusto Zambrano y el dr. Fernando Espinosa Tovar, quienes nos han permitido gozar durante estos 38 años, un festival que debe de servir de ejemplo en otras tierras, entendiendo nuestras raíces presentes, el sonido de las cuerdas y las voces acompañantes en momentos de soledad tan presentes en nuestras vidas, en cada instantes y nos hacen más fuertes para continuar soportando el paso del tiempo.
Retomando el título de este comentario: el concierto del desconcierto, nombre que me permití retomar de la novela “concierto del desconcierto del novelista tolimense Manuel Giraldo – Magil, ganadora del premio Nacional de Novela Plaza y Janes, para referirme a dos aspectos que se presentaron durante el reciente Festival de La Música Colombiana, para no repetirlos en las siguiente versiones.
El primero de ellos en el escenario del parque Manuel Murillo Toro de Ibagué, donde la calidad del sonido dejó mucho que desear, interferencias, bajas en la luz, por no tener planta eléctrica y una carpa que tambaleo el día del aguacero y estuvo a punto de caer, pues no tenía los amarres laterales y que pudieron ocasionar una tragedia. El segundo y más grave cuando muchos de los participantes de otras regiones y nuestras tierras, cumplieron con sus presentaciones y se marcharon a realizar compras en los centros comerciales, sin importarles el trabajo de los demas.
Que irrespeto cuando se asiste a un encuentro de música, teatro o de escritores en cualquier parte del mundo, es para observar, escuchar e intercambiar conocimientos y no para vacacionar.
Es la invitación a los organizadores para tomar medidas pertinentes y no se sigan presentando este tipo de situaciones.
La música debe perdurar, las guitarras, tiples y bandolas no dejen de sonar y las sigan escuchando las amadas en una serenata. Que el festival de la Música Colombiana siga levantando el telón y su labor quijotesca quede grabada en la memoria de todos.
Que viva la música…

