Predicadores y activistas de la Selección Colombia

Editorial

Por: ALVARO HERNÁNDEZ V.

Ya no es cierto que la Selección Colombia “nos pertenece a todos”, y que “simboliza la unidad nacional”. Lo fue hace tiempo, cuando los jugadores respetaban los sentimientos de los colombianos, no hacían exhibición pública de su fe cristiana, ni gala descarada de su afiliación política al abelardismo triunfante, sin importar a quién agreden íntimamente. Los jugadores y Abelardo separaron la selección de la mitad del país, y a las pruebas me remito.

En la zona mixta del estadio BC Place de Vancouver, con los músculos palpitantes todavía, Daniel Muñoz, nuestro buen lateral derecho dijo el 7 de julio a la prensa, que Colombia fue eliminada por Suiza en la ronda de octavos por “la voluntad de Dios” … y punto.

De modo que los jugadores y el DT están exentos de toda responsabilidad en lo sucedido, porque Dios decidió devolverlos a casa ese día. El hombre habló con la plenitud del que sabe lo que dice, y en su cara capté cierta satisfacción por haber servido “con humildad” a realizar el designio divino. (Tenía la misma expresión que imaginé siempre en los catecúmenos de los primeros tiempos, la de los predicadores callejeros de la revista “Atalaya”, y la que veo en los activistas políticos de “la libertad y el libre mercado” de estos días).

Muñoz no dijo cuándo y cómo conoció la voluntad divina, y como los reporteros no dudaron ni descreyeron de una explicación tan absurda, Muñoz se fue a dormir en paz sin preguntarle a Dios si alguna vez seremos campeones de un mundial, de la Copa América… o de algo que valga la pena. Con gente así, nuestra selección necesita a Vivian Morales como DT y al pérfido Lucio como asistente, en lugar de Pékerman, Queiroz o Lorenzo.

Si creen que el cielo tiene la llave para ganar, de nada sirve la determinación de triunfar con preparación, talento, sacrificio y estrategias, y es mejor confiar en los Popes de la mega iglesia protestante La Casa Sobre la Roca. Que además se sientan a la diestra del nuevo protestante sin bautizo que se alista a ocupar el trono presidencial. Porque presenciamos la alianza de cristianos y el poder político en manos de un converso que se cree emperador, a imitación de Costantino en el siglo III.

Por lo pronto, Abelardo aparece respaldado por varios jugadores de la sele en una llamada divulgada con cálculo: montados en un bus hacen el gesto militar de “firmes por la patria” y saludan con alegría al líder de la manada, que con el “amén” cristiano responde las frases partidistas de Cuadrado. Mi admirado Juanfer, entre ellos.

La mayoría de nuestros futbolistas profesionales son propagandistas bíblicos, porque convirtieron los estadios colombianos y los del mundial en escenarios de afirmación cristiana. Abren toda entrevista con un “Primero Dios”, o “Toda la gloria para Dios”; y se arrodillan en la raya pidiendo a Dios la inspiración y la calidad que Él les negó.  Mientras los argentinos meten la pierna, los nuestros rezan; donde los españoles bravean y los africanos se partieron el alma, los nuestros confiaron en un milagro. Y levantan al alto cielo los brazos cuando anotan uno de los seis o siete goles del año, mientras los delanteros de raza, apenas apuntan los índices hacia arriba cuando hacen uno de los 40 o más goles por temporada en campeonatos de máxima exigencia.

Es incomprensible que los once uniformados entraran a la cancha sabiendo que los suizos los vencerían de todos modos. ¿Cuántos jugadores lo sabían esa noche? Esa clase de fatalismos los he creído en las tragedias que pueblan el arte, pero otra cosa es admitir que Dios metió las manos en esto. Por ello pienso que Muñoz y los otros actúan como predicadores del cristianismo cada vez que tienen las cámaras enfrente.

Y pretenden que aceptemos la derrota porque es la voluntad de Dios. Y se les vio arrodillados como estatuas suplicantes en el mismo campo donde fuimos eliminados. Algo que no comprendí, hasta que Richard Ríos escaló su fe a un grado inverosímil para quien no sea un fanático religioso, al decir en una entrevista: “Seguiremos dando gracias a Dios en la victoria y también en la derrota, porque Él merece toda la honra y toda la gloria en todo momento […], concluyó el futbolista paisa. Es seguro que en el Benfica no toleran semejante disparate.

Igual que en el Antiguo Testamento, el Supremo decide las victorias y las derrotas.

¿Alguien puede confiar en que seremos campeones alguna vez con hombres que ponen los resultados en manos de Dios, no en su propio esfuerzo? Y tampoco podemos seguir creyendo el cuento de que la sele es un símbolo de unión nacional, aunque lo diga la Dimayor, que al respaldar a Campáz de los ataques injustos y alevosos en redes, expresa que los seleccionados “cada vez que ingresan al terreno de juego lo hacen con la convicción de entregar su máximo esfuerzo y con el único propósito de representar dignamente a la Nación y alcanzar el mejor resultado posible”; y que “el fútbol debe ser un espacio de unión, respeto y esperanza, nunca un escenario para el odio, la intimidación o la violencia.”

No, señor Jesurum y compañía de negociantes. La unión de los colombianos y la selección se rompió  desde que ustedes consintieron que se la tomaran la religión y la política. Ninguna protesta se escuchó cuando Abelardo “se apropió” de la camiseta amarilla y la hizo símbolo de su campaña presidencial. Separen la religión y la política del fútbol, y así James no hará desplantes a la hija del presidente que detesta, porque comparte “las mismas convicciones” con Uribe, Fico, los Chard y De la Espriella – según dijo Cuadrado en la llamada –; y son ovejas de pastores de lujo y poder como los Castellanos, Rodríguez y Piraquives, militantes preclaros de la derecha.

Las manifestaciones desafiantes de los seleccionados suscitan rencor en medio país opuesto a tales convicciones, y en millones de católicos y credos distintos a los cristianos protestantes. Hoy la selección en un instrumento político y un mazo religioso que a mí no me representa.