
Por: FERNANDO SABOGAL OJEDA
Desde hace mucho tiempo se viene hablando de cómo el ser humano, el Homo sapiens, considerado la especie más racional del planeta, está poniendo en riesgo el lugar que habita. Sin embargo, mientras hablamos de proteger la naturaleza, continúan las exploraciones petroleras, la explotación del carbón, la deforestación y la destrucción de grandes ecosistemas como la Amazonía.
Hoy estamos viendo las consecuencias de nuestras propias decisiones. Los períodos de calor son cada vez más intensos y, en muchas regiones, las altas temperaturas favorecen la sequedad de los bosques, la pérdida de vegetación y la propagación de incendios. No podemos mirar estos acontecimientos como hechos aislados. Son señales de un planeta sometido durante décadas a una explotación que muchas veces ha puesto el dinero por encima de la vida.
El petróleo, el carbón, los árboles y los demás recursos naturales se han convertido en grandes fuentes de riqueza. El problema no es solamente utilizarlos, sino hacerlo de manera desmedida, como si fueran infinitos. Las grandes industrias y los intereses económicos de los sectores más poderosos del mundo han obtenido enormes beneficios de la explotación de los recursos naturales, mientras las consecuencias ambientales terminan siendo asumidas por toda la humanidad.
¿De qué sirve acumular riquezas si estamos destruyendo las condiciones necesarias para vivir? ¿Qué sentido tiene hablar de progreso cuando nuestros hijos y nietos podrían recibir un planeta más caliente, con menos bosques, menos agua y mayores dificultades para vivir dignamente?
Como seres humanos también tenemos una responsabilidad moral. Para quienes creemos en Dios, la naturaleza no es simplemente una fuente de materias primas: es una creación que recibimos para cuidarla y administrarla con responsabilidad. Se nos entregó un mundo extraordinario para vivir en él, no para destruirlo en nombre de una riqueza que termina concentrándose en unas pocas manos.
La naturaleza nos está pasando la factura. Y esa factura puede ser cada vez más costosa si no cambiamos nuestro rumbo.
No se trata de detener el desarrollo ni de regresar al pasado. Se trata de entender que el verdadero progreso debe ser compatible con la vida. Necesitamos energías más limpias, protección efectiva de los bosques, producción responsable y, sobre todo, una nueva conciencia sobre nuestros hábitos de consumo y nuestra relación con la naturaleza.
Todavía estamos a tiempo de actuar. Pero debemos comprender que el planeta no necesita discursos, sino decisiones.
Si seguimos colocando el dinero por encima de la vida, llegará el momento en que descubriremos, demasiado tarde, que ninguna cantidad de petróleo, carbón, dólares o euros podrá comprarnos un planeta habitable.
Estamos pagando un alto precio. Y si no cambiamos, el precio que tendrán que pagar las próximas generaciones será todavía mayor.
