Ejército y Policía, una vergüenza

Editorial

Hubo un tiempo, no tan remoto por cierto, en el que nos sentíamos orgullosos no sólo de ser colombianos sino el de poder contar con unas fuerzas militares dignas de toda clase de alabanzas por su lealtad a nuestros símbolos patrios y el estar siempre dispuestas a sacrificar hasta la propia vida en defensa de la integridad de nuestro territorio y de su ordenamiento jurídico.

De igual manera también a la par de lo anterior, se logró conformar una Policía, que en gran parte cumplía con su misión de brindar seguridad a los ciudadanos, de realizar programas de prevención del delito y de ejecutar operaciones de persecución a los delincuentes, con un sentido completamente profesional, “apolítico, obediente y nó deliberante”.

Pero hoy, todo es distinto, la confianza y el respeto a esas instituciones se ha perdido, pues los partidos políticos las han involucrado en su permanente lucha por conquistar o por detentar y conservar el poder, cometiendo toda clase de errores y arbitrariedades  al  olvidar que lo primordial es satisfacer las necesidades básicas como son la alimentación, la salud, la educación y la vivienda de un extenso conglomerado que en condiciones infrahumanas habita en los campos, veredas y ciudades, sin ayuda ni protección alguna.

Es oportuno recordar que a partir de 1.946 comenzó a surgir la violencia partidista, acrecentada luego de 1.948 con la muerte del líder Liberal Jorge Eliecer Gaitán por las acciones sanguinarias de una Policía, afín al gobierno, llamada “chulavita” que actuaba en el campo y en el interior del país, al igual que lo hacía el grupo de civiles denominado “los pájaros” en el Valle del Cauca, todo porque los liberales eran considerados como un peligro para la democracia y por ello se les tildaba de “ateos, masones y comunistas”. Algo semejante a lo que hoy les está ocurriendo a quienes no comulguen con el actual gobierno o con las ideas de la derecha radical a quienes se les llama también “comunistas o “castrochavistas”

Fue en ese escenario donde surgieron los primeros grupos alzados en armas que en un comienzo actuaron como reacción al atropello de que fueron víctimas por parte de agentes del gobierno de la época, pero que a la postre, enceguecidos por el odio, se convirtieron en peligrosas bandas criminales; como las que comandaban Chispas, Sangre Negra, Desquite y otros más, que terminaron siendo abatidos por el ejército, mientras los que obraron con un sentido político de retaliación, fueron amnistiados y se desmovilizaron.

Conviene agregar que con el golpe de Estado, del General Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1.953, las Fuerzas Militares pretendieron, poner término a la violencia política que era propiciada desde el gobierno, a través de la Policía y el SIC  posteriormente DAS, pero ese esfuerzo fue infructuoso pues generó una crisis institucional, a tal punto que luego de numerosas protestas y de constantes revueltas estudiantiles, el 10 de mayo de 1.957 dieron lugar a un  gobierno de transición conformado por una Junta Militar, que habría de entregar el mando en agosto de 1.958, al liberal Alberto Lleras Camargo, con quien se daba comienzo al Frente Nacional, pacto de reconciliación de los dos partidos tradicionales, consistente en alternarse el poder durante 16 años, es decir en 4 períodos constitucionales.

Paradójicamente, fue estando vigente el referido pacto cuando se conformaron los tres grupos guerrilleros más importantes, las FARC y el ELN en 1.964, en el gobierno de Guillermo León Valencia y el M19 en 1.970, a finales del de Carlos Lleras Restrepo, como protesta por los resultados electorales que le daban el triunfo a Misael Pastrana Borrero.

Con el surgimiento de esos grupos guerrilleros durante el Frente Nacional y por la ineficacia demostrada en combatirlos, comenzó a gestarse la idea, auspiciada por las mismas Fuerzas Militares, de crear grupos de autodefensa o paramilitares que les sirviera de apoyo, los que luego en la década de los 80 comenzaron a surgir. unos en el Magdalena Medio, otros en Antioquia, en los Llanos Orientales y en distintas partes del país, quienes nunca, que se sepa, se enfrentaron a la guerrilla pues lo primero que hicieron fue aliarse con los carteles del narcotráfico que se conformaron en la década de los años 70.

Lo grave es que nuestras Fuerzas Militares en lugar de mantenerse al margen del paramilitarismo y del narcotráfico, ha hecho causa común con éstos en diferentes oportunidades. Basta recordar las masacres del Aro y de Ituango contra inermes campesinos, a quienes se les hizo pasar como guerrilleros, todo con la complicidad, según se afirma, del Gobernador  Álvaro Uribe Vélez. Para nadie es un secreto que fueron militares quienes cometieron los   “falsos positivos”, los mismos que en forma despiadada asesinaron a 6.402 personas inocentes y las hicieron pasar por guerrilleros para presentarlas como trofeo al Presidente Álvaro Uribe Vélez,  quien se ufanaba de ello, al igual que de las falsas desmovilizaciones. De igual manera es verdad reciente que varios militares están involucrados en el narcotráfico con el llamado Clan del Golfo.

Todo parece indicar igualmente, que lo del supuesto combate en Puerto Leguízamo, (Putumayo); donde el ejército dice haber dado de baja 11 guerrilleros, es otro “falso positivo” pues los habitantes de ese lugar afirman que las víctimas eran personas sanas y conocidas que fueron asesinadas por sujetos “vestidos de negro”  

De todas formas mientras existan unas Fuerzas Militares y una Policía con un pasado tan vergonzoso y aparte de ello, tan politizadas, sumisas y abyectas a un gobierno como el actual, estamos perdidos.

La esperanza es un cambio total.

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