¿Dios mío, hasta cuándo tanta persecución con tanta infamia contra seres indefensos e inocentes? ¿Acaso es un pecado pertenecer a una familia y ser hija de un padre que luego de una meritoria carrera política, logra ocupar el primer cargo político de la nación?
Da rabia y tristeza ver como una niña inocente es víctima reiterada del matoneo o bullyng en su colegio, por parte de sus compañeros, seguro y ello no es raro, cohonestados por sus padres en el hogar o por los mismos profesores o directivos del plantel, influenciados por el odio y la mentira difundida por unos medios al servicio de una casta política que al ser derrotada se resiste a aceptar el cambio social y económico que a través de unas ideas de izquierda requiere nuestro país, que ante las naciones del mundo se dice democrático.
De lo anterior se tuvo conocimiento porque fue el propio Presidente Petro quien en uno de sus tantos actos públicos, triste y amargado informó que su hija Antonella se había visto obligada a abandonar su país por tan repudiables hechos, que por cierto ya se habían presentado en otras ocasiones, como aquella vez en Barranquilla en el estadio Metropolitano cuando con un grupo de sus compañeras concurrió a un partido de Futbol y fue objeto de toda clase de insultos, burlas y abucheos que la obligaron a retirarse de ese escenario.
También en Disney Word, E:E:U:U: por parte de unos turistas colombianos que allí se encontraban.
A tanta degradación hemos llegado que lo inaudito e incomprensible es que actitudes como esas algunos las justifican y respaldan, como lo demostró la periodista Salud Hernández quien escribió una nota donde culpa a Antonella por estar presente al lado de su padre en varios actos públicos, como si eso fuere una falta o una provocación al auditorio, es decir por el solo hecho de “visibilizarse”.
Como si en anteriores gobiernos hijos y familiares no hubieren aparecido, al igual que ahora, al lado del Presidente ¿Habrase visto tanta torpeza y sectarismo al estilo Vicky Dávila en alguien que se dice periodista? Sin embargo, con altura y nobleza Antonella le agradeció por hacerla “visible” ante la opinión pública.
Pero ese comportamiento, matoneo o, acoso escolar como también se le denomina, no solo ocurre entre jóvenes y estudiantes en colegios y aún en universidades, sino igualmente bajo formas o apariencias diferentes, como ya ocurrió propiciado por el propio Estado durante el mandato de Iván Duque, cuando fueron muertos, lesionados y mutilados por agentes de la fuerza pública, numerosos manifestantes, especialmente jóvenes de la que se llamó la “primera línea,” por el solo hecho de protestar contra los actos y las injustas medidas del gobierno.
Semejante actitud igualmente se presenta, pero de manera contraria y distinta, esta vez contra el gobierno del cambio, mediante mentiras y engaños a través de los medios o, en el Congreso oponiéndose a todo aquello que beneficia el progreso y desarrollo del país y, lo que es peor, con el montaje de un supuesto Golpe de Estado, desde el Consejo Electoral donde prevaricando se quiere de manera ilegal y absurda armar una violación a los topes de campaña que pondría en entredicho la elección de Gustavo Petro como Presidente de Colombia.
Pero lo peor de todo es que a ese estilo de “matoneo” se unen algunos magistrados politizados de las llamadas Altas Cortes, que al igual que algunas “señoronas” se resisten a salir de su zona de confort, porque les cuesta trabajo pensar o por lealtad a quienes les otorgaron tan inmerecidos cargos.
Hasta ahora no ha sido posible controlar eficazmente el acoso escolar o el llamado “matoneo”, venga donde viniere, de jóvenes o de personas adultas, a pesar de existir y de haber sido expedida le Ley 1620 de 2013 que crea el Sistema Nacional de Convivencia, seguro por la falta de control o de severidad a quienes la violen.
Por otra parte, bueno sería así mismo, establecer unos mecanismos de cultura política que le pongan freno a la incomprensión y al fanatismo enseñándole a quienes electoralmente fueren derrotados a aceptar y priorizar la verdad sobre la mentira y el engaño.


