La impronta del diablo en la mitología del progreso

Opinión

Columnista Invitado

Seguro de que el diablo ya no ocupa el lugar privilegiado que tenía antaño, pero entendiendo, además, como lo expresara Paúl Valéry en su obra teatral “Mi fausto”, que “el mal es bueno para todo”, también yo, desligado de toda intención confesional o evangelizadora, -máxime ahora que empezamos a reconocer la “muerte de   Dios” que anunciara “el loco” de Nietzsche en su Gaya ciencia-,  me he atrevido a servirme de uno de los más fuerte protagonistas espirituales del mítico drama universal montado alrededor de la existencia humana: El Diablo, ese antagonista fundamental de Dios; la figura que en la historia de Occidente ha encarnado, representado y simbolizado al “mal”, como opositor de todo lo bueno, justo y verdadero. Ese diablo que ha tenido relaciones con todo el mundo, ese diablo que todo lo altera y modifica, ese diablo que siempre triunfa, porque, invariablemente, “todo candor muestra una esperanza de inmundicia” y lo que supuestamente hacemos bienintencionadamente, “él” lo manipula, tergiversa y enmaraña.

En fin, el diablo no es más que una subjetiva y sugestiva “explicación” de muchas cosas y acontecimientos…En este penoso confinamiento en que irremediablemente hemos estado atrapados -mucho antes de la terrible pandemia-, debido a la decadencia y a la catástrofe a que nos han conducido los variados proyectos de “bienestar” y de “progreso”, ensayados por distintas corrientes políticas y religiosas, he terminado por entender lo que desde hace ya tanto tiempo nos señalara Don Francisco José de Goya y Lucientes: que efectivamente, “el sueño de la razón produce monstruos”, y estos monstruos, que no nos abandonan, nos han contagiado penosamente por  el autoritarismo, el despotismo, la prepotencia, la ambición y el abuso de unos dirigentes, tanto religiosos como políticos, que han sabido actuar como arrieros en este enigmático oxímoron de unas muchedumbres irremediablemente infectadas de soledad, de angustia, de subalternidad y de abandono. Estos jefes y caudillos han sabido enmascarar sus patologías y sus intenciones, presentándolas engañosamente como complicadas abstracciones teóricas, sensatas y sofisticadas en favor de la humanidad, pero que realmente han significado terribles y hasta criminales, rupturas con la realidad, con la cordura y con la sociedad. Teorías y propuestas que han conducido a las más extrañas empresas, de rencor, de odio y de codicia.

Sin embargo tenemos que certificar también, que simultáneamente a dichas propuestas, vindicativas, escatológicas y utópicas, hemos conocido, asimismo, los singulares eventos, peripecias y hazañas que en su momento, y de manera genial, nos propusieran grandes escritores, como Cervantes o Goethe, autores de inmortales personajes como Don Quijote o Fausto, por ejemplo, poseídos y habitados irremediablemente por esas míticas figuras del drama universal: Dios y el Diablo, tan cotidianamente inscritos en todos sus quehaceres y aventuras.En esta rueda de la fortuna que es la vida, hay situaciones imprevistas, inexplicables y hasta enredos cotidianos que, más allá de todo principio de realidad y de toda regulación racionalista, solemne, normativa, en que siempre se termina por culpar al diablo o a sus huestes infernales; nos sentimos compelidos a restablecer las fantasías demoníacas, en favor de la propia cordura. Todo ello no solo manteniendo las viejas convicciones medievales que asumían la vida como un constante combate, o juego, entre las fuerzas del “bien” y las del “mal”, sino, incluso por divertimento, por perseverar en esa condición de ‘homo ludens’ que nos certificara Johan Huizinga, porque, a fin de cuentas, toda cultura surge del juego. La lúdica, el⁸ principio de placer como base de la existencia humana, nos lleva aceptar como valiosas e incuestionables, las tesis y los planteamientos de esos “locos”, los goliardos, los mejores filósofos del vitalismo pragmático que, precisamente desde la rigurosamente seria Edad Media, instauraron el más efectivo desprecio al miedo al diablo, y a todos sus secuaces, así como a toda respetabilidad, discreción, formalidad o dignidad, estableciendo el juego, el erotismo, la taberna, la ebriedad, las “diabluras” y la burla, como los más auténticos fundamentos de la vida en sociedad. Este es el sentido que doy a mi libro LA IMPRONTA DEL DIABLO EN LA MITOLOGÍA DEL PROGRESO -Mentalidad burguesa y razón occidental-, que Mar y Tierra Ediciones, en su colección Vendaval, ha publicado en Chile y que estaremos presentando en Ibagué, el próximo 2 de septiembre a las 6 pm, en el auditorio de la Biblioteca Darío Echandía del Banco de la República.Cordial invitación…Julio César Carrión Castro

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