Muchos años después, en Estocolmo, frente al pelotón de jueces de la Academia Sueca del Nobel, el escritor Gabriel García Márquez, habría de recordar aquella tarde remota en que su madre, Luisa Santiaga, lo llevo en un bus escalera traqueteante, a través de los calurosos y polvorientos caminos de Aracataca, para que la acompañara a vender la casa. También habría de recordar, en medio del aguacero de aplausos que se escuchó cuando recibía el premio nobel de literatura, otra tarde, aquella en que Aureliano Buendía, de la mano de su padre, conoció por primera vez el hielo; o aquel mediodía en el que con augusta solemnidad José Arcadio Buendía, a la hora del almuerzo, le revelo a los niños un increíble descubrimiento cuando les soltó de sobremesa que la tierra era redonda como una naranja.
Por esa época, fue que apareció Melquiades, el gitano grandulón de barba descuidada y manos frágiles de pájaro que empezaba a envejecer con una rapidez asombrosa; mientras en otro lugar, de otro calendario, siempre en marzo, nacía el sexto dia en un pueblito abandonado del Magdalena, en 1927, para ser exactos, el creador de Cien años de soledad, y por lo menos cincuenta libros mágicos y embrujados mas en el centro mismo de la realidad. Un año más tarde al nacimiento de Gabo, que asi empezaron a llamar al escritor y así se quedó llamado para siempre, los trabajadores de la United Fruit Company se declaraban en huelga y el gobierno colombiano creaba el estado de sitio.
De esas declara raciones de unos y de otros resultó mas de cuatro mil muertos. Una década más tarde moria el coronel Márquez, abuelo del narrador, y otra década después, cuando Gabo estudiaba por ratos Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá, descubrió leyendo a Kafka, que una mañana, tras un sueño intranquilo Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Descubrió también que había nacido para ser escritor y esa misma noche se inventó y escribió el primer cuento “La tercera resignación”.
El invierno, cuya inclemencia había sido premisa desde los últimos días de septiembre, implante su rigor aquel fin de semana, y García Márquez entonces, decidió abandonar los estudios de leyes en la lluviosa y helada capital y se instaló en el corazón mismo de su Caribe adorado y añorado al lado inspirador del mar y al otro lado gozoso de la bohemia grata del grupo de Barraquilla, que es lo mismo que decir bar “La cueva”, junto a Vargas Cantillo, el Papa grande, el pintor Obregón de cóndores coloridos, Cepeda Zamudio, el de los cuentos de Juana y el viejo Fuenmayor, entre otros, para beber mares de ron, escuchar vallenatos infinitos a la sombra tutelar de Escalona, y leer, releer y estudiar entre muchos, a los narradores del sur de los Estados Unidos.
Cuando paso la fiebre que duró algo más de síes años, regresó el escritor a Bogotá como redactor de El Espectador, y en otro marzo, el de 1958, se casa con Mercedes Barcha, la Gaba compañera de siempre, y hacen maletas para Caracas donde se instala un rato largo para terminar “La mala hora”.
Y es en otro marzo el de 1977, que luego de ser rechazado por varios editores, Sudamericana la editorial Argentina con sede en Buenos Aires, después de recibir en dos entregas un par de mamotretos de cuartillas, decide por fin publicar un vallenato de cuatrocientas cincuenta páginas al que Gabo había bautizado “Cien años de soledad”.
Y así como el tiempo y los lugares son tan reales y tan mágicos en la vida y la obra del escritor, por igual lo son los años primeros desde Aracataca, Zipaquirá, Barranquilla, Bogotá, Caracas, la antigua Unión Soviética y Europa toda, cuando era feliz e indocumentado, o el frio París de sus hambres y penurias cuando escribía “El general no tiene quién le escriba” en una habitación de alquiler mientras Vargas Llosa se encargaba de “La ciudad y los perros” y Cortázar hacia lo suyo con la deslumbrante “Rayuela”.
Un año después de recibir Gabo el premio nobel de literatura, vestido de liquilique inmaculadamente blanco, en honor a su abuelo el coronel, se había enterado, como todos los habitantes de un pueblo a orillas del Magdalena, que el día en que lo iban a matar, Santiago Nassar, se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el barco en que llegaba el obispo; y que era un mal augurio, después de un sueño feliz, y al despertar sentirse por completo salpicado de cagada de pájaros.
Lo que vino después fue otra andanada de libros grandes y memorables entre los amores largos y tardíos de sus padres Gabriel Eligio y Luisa Santiaga en “El amor en los tiempos del cólera”, su Bolívar personal en “El general en su laberinto”, “Del amor y otros demonios”, o la nostalgia otra vez evocando, haciendo Memoria de sus putas tristes, para cerrar la puerta con sus otras memorias, las de “Vivir para contarlo”.
Y luego al final de los tiempos del escritor que recién había celebrado sus 87 marzos, entre sonriente, desmemoriado y asustado en su mansión de Pedregales, en el 14-4 de la calle de fuego en cuidad de México, lo sorprendió la muerte, que no fue de amor, como él lo hubiera querido siempre.
Y cuatro días más tarde del final de los tiempos, el escritor, había dejado de ser cuerpo físico para empezar a ser un recuerdo en la mente de la interminable hilera de lectores que desfilaba frente a él en el Palacio de Bellas Artes, preguntándole bajo una lluvia de rosas amarillas: “Dinos maestro, si no publican tu novela póstuma “En agosto nos vemos”…
¿Qué vamos a leer..?”.
Y el escritor necesitó 87 años, los 87 años de su vida, minuto a minuto, para llegar a ese instante. Se sintió puro, explicito, invencible, en el momento de responder desde la pequeña urna donde estaba ahora convertido apenas en un puñado de ceniza:
-Ni mierda-

