Si alguien necesitaba prueba de cómo desde el principio existe un plan secreto para expulsar hasta el último palestino del territorio que les concedió la ONU en 1947, y convertirlo en territorio judío, debe leer la noticia que publica el Financial Times este lunes 7 de julio, recordar lo que sobre el mismo asunto dijo Donald Trump el 5 de febrero en la Casa Blanca delante de Netanyahu, y sumar el silencio de la prensa occidental sobre ese plan que en el derecho internacional es delito de genocidio. Delito que el silencio aplaude.
Informa el FT que el personal de trabajo del ex primer ministro británico Tony Blair (primera pista de realidad política y financiera del plan) participó en el proyecto “GAZA RIVIERA” que preparó el Boston Consulting Group y se presentó a inversionistas, para ejecutarse una vez Israel tome el control total y definitivo de Gaza. La imagen de la maqueta conceptual que ilustra el artículo no es menos ambiciosa en diseño y costos que los paraísos construidos en Dubái y Abu Dhabi.
Trump había declarado con franqueza: “Veo una posesión de propiedad de largo plazo, y la veo trayendo una gran estabilidad a esa parte de medio oriente y tal vez de todo el medio oriente, y todos con los que he hablado – ésta no es una decisión a la ligera – a todos les encanta la idea de que Estados Unidos sea dueño de ese pedazo de tierra”. Y anunció que los palestinos de Gaza no pueden regresar, porque deben ir a Líbano, Jordania y Egipto. Más claridad, imposible.
No era una idea descabellada, sino un plan del capitalismo occidental convertido al sionismo para el oriente medio; el anuncio disfrazado del comienzo de la SOLUCIÓN FINAL para los palestinos, del mismo modo que la Endlösung lo fue para los judíos en la Alemania nazi.
Y ocurre en las narices de todos – mientras los nazis lo hicieron a escondidas –, presentada como una ciudad para millonarios occidentales que se levantará en los terrenos que ocuparon casas, edificios, hospitales, escuelas, colegios, centros religiosos, y todo lo que durante siglos construyó un pueblo llamado palestino en Gaza.
El proyecto va en serio, porque desde los años cincuenta la dirigencia política demócrata y republicana se convirtió al sionismo. Una realidad que confirma el apoyo bipartidista irrestricto del Congreso a Israel desde entonces. Y los gobernantes norteamericanos, con excepción de Kennedy, con mayor o menor convicción han apoyado al sionismo; como lo confesó Joe Biden mientras enviaba bombas contra Gaza: “no es necesario ser judío para ser sionista”.
El reconocimiento de Trump de que USA codicia ser “dueño de ese pedazo de tierra”, revela sin tapujos que esa potencia ya trabaja sobre la perspectiva de que Gaza pronto será suelo arrasado; que está decidido que Palestina desaparecerá como país, y que su gente está sentenciada a la expulsión de esa Franja. Por lo pronto, los palestinos de Cisjordania quedan en lista de espera.
Benjamín Netanyahu es el hombre indispensable para continuar el plan a un punto de no retorno, con la demolición continua de los asentamientos palestinos en Gaza, y la extinción sistemática de su población, sin encontrar oposición significativa. El tipo supo aprovechar la coyuntura del asalto sangriento de Hamas del 8 de octubre de 2023, y en dieciséis meses logró lo que necesitaba décadas: asesinar cerca de 70000, y convertir en refugiados internos a 1,9 millones. Era la agresión que la “solución final palestina” necesitaba para justificar “el derecho de Israel a defenderse” sin medida, sin control y sin misericordia.
¿Puede creerse que el Mossad y la CIA, que le siguen los pasos a los jefes militares palestinos en Cisjordania, a los comandantes jordanos o sirios y los asesinaron cuando lo necesitaron, y que el 13 de junio mataron varios generales y científicos en sus camas en Teherán; no se dieron cuenta de la operación armada que preparaban más de mil quinientos hombres para meterse a su territorio? Comparto la sospecha de que la inteligencia israelí facilitó el asalto, con el proyecto siniestro de liquidar en una acción rápida a unos cuantos miles de “esa raza despreciable” que retrasa el proyecto supremo del Gran Israel: apropiarse de Gaza y Cisjordania, por lo pronto; y Líbano, Jordania y Siria, después.
El sionismo es el judaísmo moderno, y no anida exclusivamente en Israel. Tiene su huevera más grande en Estados Unidos, Reino Unido, Suiza, y en todas las bóvedas de los grandes bancos occidentales que deciden las guerras, y las nueva razzias y los nuevos progroms contra los palestinos.
“Una vez que realmente esté en el poder, mi primera y más importante tarea será la aniquilación de los judíos”, le confesó Adolfo Hitler al periodista Josep Hell en 1922.
El plan final tardó en ejecutarse, porque entre 1933 y 1939 el nazismo promovió la política del exilio judío fuera de Alemania. Como el éxito fue limitado, en 1940 se retomó el Plan Madagascar para reubicar en la isla un millón anual durante cuatro años, pero no se llevó a cabo por dificultades de la guerra.
La “solución final” por asesinatos de judíos en masa se puso en práctica en 1941, después de haberse experimentado con los fusilamientos de poblaciones enteras en Rusia y con las masacres de Kiev durante la Operación Barba Roja.
Adolf y Donald anunciaron sus planes con claridad, pero Benjamín se niega a la franqueza. Es un rasgo propio del carácter de esa raza, si me atengo a las confesiones de los personajes de Bernard Malamud, Philip Roth o Isaac Bashevis Singer en sus novelas. Cada vez es más difícil distinguir entre un judío y un sionista. Aquel es el que trabaja, toca, escribe, produce, inventa; éste es el que expulsa, empuja, avasalla y mata a los vecinos para ensancharse. Tal vez sea hora de modificar los diccionarios.
Los perseguidos de ayer son los perseguidores de hoy. La monstruosa extinción de los palestinos está en marcha, sin que ningún gobierno o coalición de estados se haya decidido a pararla. Hay que correr la voz.
