Las encuestas al día desmienten a los que sostienen que no hay derecha ni izquierda, que son “etiquetas ideológicas del pasado” que “dividen” la sociedad.
Y también a los que, reconociendo que son dos fuerzas reales en choque, creen que Colombia necesita un gobierno neutral, porque “no podemos estar condenados a tener que elegir entre extremos”.
“Ni Uribe ni Petro” es la consigna de Fajardo, Claudia y de los que suponen que hay un “centro” apático que pueden movilizar y decidir en las urnas.
Las elecciones de 2022, y la encuesta divulgada en noviembre, como las tres en lo corrido de enero, descartan que ese voto neutral capaz de cambiar la tendencia hacia los extremos de los últimos años. En ellas Iván Cepeda tiene un promedio del 32% y Abelardo el 19.5%. Lejos, Paloma tiene un 6%, Fajardo un 5%, y Claudia un 4.5%. Lo demás es “químicamente despreciable”, diría el profesor Mendivelsson en el viejo colegio de San Simón.
Los datos confirman que Uribe y Petro encarnan la polarización en la política nacional, desde que las fuerzas progresistas entraron a disputar el poder, y a gobernar en favor de las clases populares, llevando el uribismo a la oposición estéril.
El gobierno de Petro probó que derecha e izquierda no son “dos narrativas”, sino dos maneras de hacer política: la que defiende el modelo neoliberal sin importar el crecimiento de la pobreza, y la que propone un modelo de prosperidad colectiva erradicando las vergonzosas inequidades sociales. Ahora la derecha no enfrenta una “narrativa”, sino las obras del gobierno que no pudieron derribar, por más que lo intentaron. Porque nunca se hizo tanto en tan corto tiempo por las clases populares, y no pueden refutar los números.
De allí procede la debilidad de la candidata oficial del Centro Democrático, que de gira escarmienta el desprestigio de su partido y el declive del liderazgo de Uribe Vélez. El caudillo habituado a imponer a la derecha y al país el candidato escogido a su gusto, carece de fuerza sobre la opinión pública, no puede poner orden en sus propias filas.
Por la pérdida de su autoridad pulularon en su partido aspiraciones inviables en las urnas, y apareció Abelardo de la Espriella socavando desde afuera a Paloma el respaldo de la base militante del CD.
Las cifras dicen que Paloma puede ganar en la “Gran Alianza por Colombia”, pero está muy lejos de desplazar a Abelardo del segundo lugar en la primera vuelta en mayo; mientras el candidato del Pacto Histórico llena espacios públicos por doquier, sigue firme en el primer lugar de las preferencias a la primera ronda presidencial, y pinta que en junio derrotaría al que le pongan por delante, por lo pronto.
Y nada predice que las cosas cambiarán para Paloma. En su gira ha visto el repudio popular a su jefe, y su propia orfandad en las plazas públicas. Vive la experiencia amarga de la decadencia política retratada en las encuestas. Tal vez sea porque la candidata oficial del CD, no lo es del uribismo furibundo de base, que se fue con el fantoche de Montería. Porque Abelardo la dejó en el 2 aire al quitarle de la boca el discurso belicoso y guerrerista que usó Uribe para ganar en 2002, ante el desastre de desgobierno creado por Pastrana en el proceso de paz con las FARC.
El favorito del uribismo habla de destripar, encarcelar, dar de baja, echar bala, rechaza la reforma a la salud y es partidario de privatizar empresas y servicios públicos, mientras Paloma grita sin que nadie recuerde lo que dice. Ante el aviso de la derrota de Paloma, Uribe anticipó que en segunda vuelta votará por Abelardo, sin importar el daño que hace a la campaña oficial del Centro Democrático.
Abelardo fue desde el principio el gallo tapado de Uribe, por ser un hombre hecho a su medida. Copia su lenguaje violento, sus artimañas en redes, conoce la clientela de narcos, paramilitares y estafadores del abogado, y comparten las mismas amistades impresentables. Lo demuestra un video del papá de Abelardo – a quien Uribe hizo notario en Montería – ofreciendo un almuerzo en honor del Ñeñe Hernández y su mujer; una exreina de belleza. Mucho cambiaron las ambiciones de las reinas colombianas. En los años 60 y 70 se casaban con toreros y empresarios de reconocida cepa; pero después de los 90 se juntan con mafiosos y delincuentes de cuello blanco.
Y para poner la lápida al declive del CD, María Fernanda Cabal se retiró del partido. Comenzó poniendo en duda la honestidad del proceso que seleccionó a Paloma, luego amenazó con escindir el partido, y finalmente renuncia a la militancia. Ya conoceremos el inventario de los daños causados por la apóstata de esa iglesia de caverna.
Entretanto, Fajardo – candidato presidencial de profesión que no revela su financiación –, sigue meditando medirse en la tercera consulta que propone Claudia con Cristo y Armitage, para ofrecer a los colombianos una opción distinta a la de petrismo o el uribismo.
La realidad económica y social que origina la acidez en la confrontación no cambiará sin decidirse por una de las dos políticas.
Es por eso que el supuesto electorado de centro desaparece en las urnas. Como si fuese un espejismo en el paisaje electoral.
