Por: ANTONIO MELO SALAZAR
En las sociedades se incuban conductas colectivas que rayan en la inconciencia y que adquieren, con el tiempo, un viso de normalidad que alerta sobre otras complejas actuaciones que, de tolerarse, entrañan enormes prejuicios que ningún beneficio otorgan y que, por el contrario, se convierten en el origen de otros comportamientos disruptivos que atentan contra la misma esencia de la sociedad.
Alguien dirá que se exagera y que algunas de esas actuaciones solo son producto de la ignorancia, ingenuidad o ausencia de malicia y, otros, lo asignan a las manipulaciones que algunos grupos ejercen sobre el colectivo y tienen su origen en fenómenos como la desbordada avaricia o el uso maquiavélico de fórmulas y herramientas que, como ocurre con las redes sociales, hay mentes perversas que las usan, sin importar el daño o el dolor que puedan provocar.
Cada día se conocen más y más situaciones que resultan inconcebibles en mentes racionales y terminan siendo de uso generalizado por amplios sectores de la población.
Por estas calendas han saltado a las primeras planas dos o tres que merecen una más seria reflexión y, también, una actuación de las autoridades, para prevenirlas a través de la educación o para emplear correctivos severos que pongan en su sitio a los abusadores.
La primera, la existencia de “centros de estética” que proliferan en cualquier garaje desocupado u oficina vacía, operados por gente que carece de la necesaria idoneidad o la infraestructura mínima, que en muchos lugares del país se aprovecha de los recursos y pone en peligro la salud y la vida de sus víctimas. La paradoja es que actúan en las narices de las autoridades, con la indiferencia de una sociedad que no se sorprende de tan nocivas conductas por lo que los casos se repiten en muchas poblaciones por numerosas “Yulixas Tolozas” con fórmulas cada vez más injustificables.
Otra de ellas, se manifiesta mediante la aparición en las noticias que miles de jóvenes colombianas, con la belleza natural de la juventud, quedan en poder de las mafias que trafican con seres humanos y, alimentan con ellas, los circuitos de prostitución en diversos países. Las excusas proliferan: “me engañaron pues me ofrecieron empleo como modelo”, o “lucrativos salarios en el área de relaciones públicas o publicidad”; cuando con certeza, ninguna de ellas tiene experiencia o idoneidad en las áreas mencionadas y que, los medios, a diario, dan cuenta de los abusos a los que son sometidas. Una estadística recién divulgada señala que tan oprobiosos tratos afectan a no menos de 300 jóvenes colombianas mensualmente. Y que quienes las abusan y prostituyen actúan a plena luz del día.
