[Sainete macondino para dos actores con un giro sombrío, casi grotesco]

Desde su publicación en 1958, la novela “El Gatopardo” fue un clásico literario inmediato, aunque desde entonces su prestigio no se deba a su lectura continua, sino a la cita recurrente de la más célebre de sus frases: “Si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie”.
Es seguro que pocos de los que acuden a la cita leyeron el libro de Lampedusa, pero por la inteligencia concisa propia de un apotegma, es suficiente para comprender el engaño que encierra, y que en política se conoce como “gatopardismo”: anunciar sonoras reformas políticas superficiales para satisfacer la ansiedad popular de transformaciones, sin afectar las estructuras de poder que han impedido los cambios.
Sin embargo, la verdad es que en la novela (como en la película de Visconti de 1963, y en la serie de Neflix 2025), todo cambió en la Italia de 1860, y nada siguió como estaba.
Pues el príncipe de Salina, a quien su sobrino revolucionario quiere tranquilizar con aquella frase, comprobará que en la coyuntura política creada por el ejército de Garibaldi con la unificación de Italia y la fundación de la república parlamentaria comenzó la extinción de las relaciones señoriales de poder, siendo reemplazadas por la burguesía pueblerina enriquecida. Y en pocos años, el príncipe terminará recurriendo al prestamista que despreciaba, y reptando ante el nuevo poder para que su sobrino trepe social y políticamente y preserve el orgullo del escudo familiar con el felino moteado que da nombre al libro.
Por contraste aquí nada ha cambiado y, aun así, muchos quieren que todo siga como viene.
Con todo y que el proyecto progresista del gobierno de Petro sólo busca poner fin a los negocios con los que una camarilla explota la salud y la educación de los colombianos; nada más. Y pese a que las reformas que intenta el progresismo no pretenden transformar las estructuras políticas de poder (como sucedió con Garibaldi), sin embargo, la derecha hizo del debate electoral un campo de batalla, y declara que “por la razón o por la fuerza” impondrán a su candidato De la Espriella, y “firmes por la patria” confían en que la intromisión norteamericana no les fallará.
Y en este ambiente de crispación amenazante, aparecen los que se califican a sí mismos de “centro” (sin admitir que unos son de centro-izquierda, otros de centro-derecha, y algunos son claramente de derecha), con propuestas de maquillaje para que las reformas no se realicen, y las cosas sigan como están.
Primero fue el “Decálogo del millón de votos” que Sergio Fajardo propuso el 3 de junio a sus electores al dejarlos en libertad de votar por el candidato que recoja sus “prioridades para Colombia”; y el 9 se conocieron los “acuerdos mínimos” que en 15 puntos proponen “Treinta exministros e intelectuales (¿?) de centro para alejar al país de la polarización extrema”, según los titulares de prensa.
En rigor, el decálogo de Fajardo es un memorial de agravios al candidato Iván Cepeda por cuenta de su responsabilidad en el gobierno Petro; pues se opone a la convocatoria a la constituyente y exige poner fin a la paz total, principalmente. Cepeda renunció a convocar una constituyente por fuera del congreso y sólo como resultante de un previo acuerdo nacional. Aunque muchos pensamos que la paz total fracasó y que la contención de la delincuencia mafiosa debe reformularse, el candidato del Pacto Histórico no da señales de pensar igual.
Como sea, el decálogo de Fajardo está de acuerdo esencialmente con la plataforma de la derecha, pues con el cuento de “construir sobre lo construido” sólo propone retoques a la salud y a la educación conservando la estructura actual de los negocios privados. Y su programa de gobierno confirma su coincidencia básica con los intereses de la derecha en los asuntos cruciales. Su programa y su decálogo son gatopardismo puro, y por ello no hay posibilidad real de hacer acuerdos, y lo sabe. Por eso habló y dio la espalda.
Y el pentadecálogo de los “acuerdos mínimos” que pretenden sacar al país de “la polarización extrema”, no fue elaborado para “acercar” fuerzas indecisas o independientes, sino para atajar el 21 de junio al candidato Iván Cepeda, pues es el mismo listado con el que el uribismo y toda la derecha ha hecho oposición desde el congreso, los gremios empresariales y los medios. Basta una hojeada rápida para entenderlo.
En esa treintena que la prensa corporativa llama “centro” a secas, figuran José Antonio Ocampo y Cecilia López (que siendo ministros de Hacienda y Agricultura respectivamente en el gobierno Petro, defendieron las EPSs), ministros de Pastana y de Santos, burócratas de todos los gobiernos, empresarios, ex M-19, y hasta una excandidata a la Cámara por los residentes en el extranjero del partido de Robledo y Fajardo. Los “acuerdos mínimos” respaldan la oposición a las iniciativas y reformas del progresismo. De hecho, el texto es una contra reforma al proyecto político de Petro, Cepeda y el Pacto Histórico. La lividez del lenguaje no consigue esconder el gatopardismo de sus autores.
El choque de las dos posiciones será inevitable mientras no se logren las transformaciones legales mínimas que defiende el progresismo. Ante dos opciones tan claras y sencillas, no puede existir un centro sin pertenecer a ninguna de las posiciones que califican como extremos. Se engañan cuando afirman que el centro es un punto de encuentro, un espacio de convivencia y de respeto en el que se puede dialogar sin choque, o pretenden engañar a los que llevan décadas esperando que el diálogo político de sordos dignifique sus vidas.
Parecen poetas demagogos olvidados de que, donde fracasa el diálogo útil comienza la política de masas. Es bueno recordarlo.
