“Desde ya les anuncio que la [audiencia] del juicio, para que exista la inmediación, el derecho de defensa y garantizar los derechos a todas las partes intervinientes, podemos hacerla presencial”; advirtió la juez que dirigía la audiencia virtual de acusación contra Álvaro Uribe Vélez por los delitos de soborno, soborno en actuación penal y fraude procesal. Quiso decir, que superada la audiencia preparatoria programada para julio y agosto, el juicio se realizará de cuerpo presente en una sala de justicia.
El acusado, que no es torpe, captó al rompe las implicaciones del anuncio judicial para su dignidad de capo di tutti capi de la extrema derecha nacional en todos los campos de la vida nacional: supone que deberá salir de su fortín de hacendado de postín, a sufrir la humillación de sentarse a la vista de todos en el banquillo judicial por donde ya pasó Cadena, su mandadero de más confianza, y el más chambón.
Alias “el señor” – como lo conocen entre sí los matones y concertados de baja estofa mandados a buscar para engañar la justicia –, debió sentirse como el púgil apabullado que va al centro del cuadrilátero en el último round, sabiendo que pierde en todas las tarjetas. Nadie vio su cara escondida tras la cámara apagada de las audiencias virtuales, pero es seguro que su furia debió causar pavor. La furia del que sabe que todo ha podido tolerar, menos la vejación de que su intocable persona sea exhibida en ese sitio de vergüenza pública, donde tantos pobres diablos han puesto el culo.
Ese hombre al que otros siguen llamando presidente, presidente eterno, o inteligencia superior, no concibe que el último round del combate que él inició en 2012 con Iván Cepeda, al acusarlo de lo que ahora lo acusan, vaya a concluir de un modo tan ultrajante. Y no piensa bajar los guantes mientras no suene la campana. Porque si bien es verdad que comenzó a perder en las tarjetas cuando los jueces absolvieron a Cepeda y él pasó a ocupar el lugar del investigado; las maniobras de los abogados en su esquina azul lo mantuvieron de pie en la lona, en un largo combate que no piensa perder, ni tolerar que la referí lo maltrate, como piensa hacer.
– ¿Eso que dijo la juez es una orden, o una mera idea? preguntó por su teléfono satelital a sus abogados de fachada al cerrarse la audiencia virtual, atascado con las palabras espesas en su cabeza.
– Por ahora, presidente, es el anuncio de lo que tiene resuelto – dijo uno de los dos, siendo lo más prudente no saber cuál.
– ¿Y no hay un recurso contra esa idea de la juez?
– Se hará lo que sea, presidente, contestó el otro.
– Porque, hay que parar eso…
Los dos ayudantes reconocieron el mismo tono socarrón que usó en 2018, cuando delante de Cadena, y como si se tratase de una curiosidad inocente, preguntó: ¿Y dónde trabajará esa señora?; lo que bastó para que la mujer de Monsalve fuese echada de su empleo en Coomeva tres meses después.
– ¿Y es que van a permitir que ese hijueputa fiscal me enlode? ¿Están seguros de que no estoy interceptado? (dijo tapando involuntariamente el móvil, recordando el audio de una conversación suya con Villegas en una cafetería en Medellín que se hizo pública) ¿No vieron lo que dijo? Que lo amenazaron por mi culpa.
– Presidente, el tipo cometió el error de culparlo de sus alegadas amenazas, mostró resentimiento contra usted, y con eso podemos recusarlo por parcialidad; apuntó el más gordo.
– Adelante, doctor, que usted hace las cosas bien –; dijo el acusado arrepintiéndose de sus palabras, pues lo mismo dijo alguna vez a Cadena, y había fracasado. O no estaría cerca de vivir la terrible tragedia que le anunció la juez, si no la detienen.
Una tragedia que no admite haber originado con sus propios actos y los que mandó ejecutar con el fin de que criminales presos en La Picota, Cómbita, El Buen Pastor, Palmira, y un paramilitar refugiado en Miami después de pagar condena en USA, mintieran a la justicia, siguiendo el plan de usar las retorcidas declaraciones para revocar el auto de la Corte Suprema que en 2018 lo convirtió en investigado. Por desgracia, el andamio se derrumbó porque el testigo principal de cargo no se retractó, y otros confesaron haber recibido dineros y ofertas jurídicas para mentir.
Toda parece indicar que el padre fundador del magnífico negocio privado de la salud y las pensiones en el gobierno acólito de César Gaviria, de las Convivir, y de la “política de seguridad democrática”, será sometido al escarnio público en el banquillo de los reos. Sin embargo, no conviene darlo por hecho. Sus abogados pueden impedirlo con la leguleyada de una tutela en defensa del derecho a la intimidad del héroe procesado, o pueden impedirlo los mismos que a Uribe le han dado trato de rey, y le han consentido creerse un rey: alguien intocable por la ley por estar por encima de ella, con el privilegio de no poder ser juzgado por ninguna, ni sometido a la jurisdicción de juez alguno. Como en los tiempos previos a la Revolución Francesa, el Estado de derecho no rige para él.
Un hombre con el mérito de ser la mejor mercancía de los políticos más retardatarios, y en el comodín triunfador de los gremios patronales y de los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, no debe sentarse allí. Por lo pronto, como si hubiese visto en un espejo de mano esa disminuida imagen de sí mismo, y a la inevitable erosión de su inventada figura de prohombre nacional, “mejor presidente de la historia”, inició una campaña relámpago de relanzamiento de sí mismo. Una campaña destinada a desacreditar la justicia y presentarse ante los estudiantes de algunas universidades privadas como el caudillo que representa toda “una vida de liderazgo público”, según lo promocionan en La Sabana, Impau, Eafit de Medellín, Agustiniana y Sergio Arboleda, centros confesionales de educación o controlados por sus socios de gobierno y del partido que fundó y rige con su estilo de capataz.
Sin soltar el micrófono, el reo recuerda a los colombianos quién es, por si acaso alguien se olvidó de uno de sus testigos – un criminal de la peor laya, como todos los suyos –, cuando haciendo el trabajo sucio de conseguir la retractación del testimonio de Monsalve que lo perjudicaba, le soltó con impúdica herejía a su compañero de celda: Uribe es Dios.
Es un duende tramposo al que hay que despojar de la sábana para conocerlo tal cual es. El “enrazado de tigre” se resiste con violencia verbal a admitir su responsabilidad en los hechos que le acusan.
A ningún ciudadano se ha tolerado una reacción tan desafiante a la justicia; pero siendo El que es – así define la Biblia a Dios –, proclama a los vientos su “dolor de patria”, y muchos se hacen coro y eco de su mentiroso reclamo.
Un escándalo nacional amenazante, sin que ninguna autoridad lo haya llamado a responder por los actos propios atribuibles como gobernante, entre los que destacan las 6042 muertes de inocentes causadas por las fuerzas bajo su mando, y por el despojo de miles de campesinos por el brazo armado de las Autodefensas, asociadas a sus dos candidaturas presidenciales y a sus socios políticos más entrañables.
La maquinaria de la derecha no permitirá, sin luchar, que expongan a su máxima figura a la mirada de los curiosos, lo obliguen a enfrentar los ojos de la juez que lo maltrata, y a compartir el mismo espacio con las víctimas detestables y el despreciable fiscal, tan envalentonado a última hora.
Presenciar la escena imaginada significaría un triunfo de la independencia de los jueces, aunque al final se le absuelva por no demostrarse su responsabilidad personal “más allá de toda duda razonable”, conforme lo exigen los códigos penales.
Algo nada fácil de lograr, informan las estadísticas. Aun así, valdrá la pena detenerse en ese personaje, que con un linaje sospechoso y plebeyo sigue creyéndose un rey en esta tierra de mestizos avivatos, porque durante meses tendrá que ponerle el culo a una silla sin espaldar reclinable ni descansa pies.
Sin embargo, será cosa de ver para creer.
– ¿Dónde vivirá la juez? No me desatiendan las cositas… hombre

