“He hablado del chamán y del héroe del cuento popular, de la privación padecida que se transforma en levedad y permite volar al reino donde toda carencia será magníficamente satisfecha”. Ítalo Calvino
Revitalizar el concepto de democracia implica asumir la trascendencia histórica de sus valores. Carecen de sentido y de honestidad los supuestos modelos “democráticos” centrados en la negación del hombre; modelos que propugnan, estratégicamente, sólo por un estado de bienestar, progreso, consumo y desarrollo material, dejando de lado la expansión espiritual del ser humano, la amplitud de su universo ético y estético.
Tanto el capitalismo tardío como el fracasado “socialismo real” han desvirtuado y tergiversado el proyecto de la democracia subordinando su sentido a los imperativos de una economía fetichizada.
Ha llegado a tanto la deformación del concepto de democracia que hoy se habla de “democracias vigiladas”, de “democracias autoritarias”, “democracias militares” y de otras aberraciones que exclusivamente sirven para “explicar”, con alguna sutileza, la explotación económica y la represión estatal.

Desde paradigmas que parecieran opuestos se ha fortalecido inequívocamente el poder de los estados, negándose el ámbito privado de los individuos. Ya se pretenda un desmedido intervencionismo del Estado, como lo buscaron las sociedades burocratizadas del llamado “campo socialista”, o se busque sobrevalorar la economía de mercado como lo expresa la doctrina del neoliberalismo.
Economía de mercado irremediablemente superada hoy por la globalización de la economía, por los monopolios, los grandes trusts y el capitalismo de Estado Es claro, como lo explica Norbert Lechner, que “el modelo neoliberal supone una fuerte intervención del Estado para reprimir la reivindicaciones sociales e imponer la liberación de los mercados a los sindicatos (leyes laborales) y a los empresarios (política crediticia y monetaria)”; lo que si se ha venido logrando es el desmonte de las funciones sociales del Estado; se han cercenado los intereses públicos y generales en favor de las empresas que supuestamente han entrado a sustituir al Estado.
Pero éste continuará siendo “el comité de gestión de los negocios comunes de la burguesía en su conjunto”, aunque parezca existir un desplazamiento del poder del Estado hacia instituciones habitualmente consideradas como “privadas”.
Tanto los procesos de globalización económica, que restringen la autonomía estatal, como la desaforada carrera armamentista, que involucra a todos los países del mundo y las permanentes represiones a que son sometidos hombres y mujeres en todas las latitudes del orbe, hacen imposible la realización de la democracia.
Las constantes violaciones a ese ideario común de democracia y humanismo que son los Derechos Humanos, mediante humillaciones y vejaciones legitimadas, las más de las veces, por una supuesta prevalencia de entidades sacralizadas como la raza, la religión, la patria o el Estado, situadas ideológicamente por encima de los individuos, constituyen un pesado lastre que impide el advenimiento de una democracia radical.
Los distintos estados del mundo continúan siendo máquinas de represión, como lo señalara Lenin, máquinas que, además, funcionan convalidadas por los aparatos ideológicos (tal como lo hiciera notar Gramsci).
No podemos ocultar, en virtud de elaboradas nociones teoréticas, que la defensa de la propiedad privada y de los privilegios,cuenta con el Leviatán estatal que ejerce sobre el ciudadano corriente las presiones necesarias para asegurar el control social y la permanencia del orden establecido, por las clases que detentan el monopolio de la fuerza.
El próximo milenio podría caracterizarse por la levedad, como lo quería Italo Calvino, si somos capaces de cambiar nuestras concepciones sobre la vida social, si decididamente nos comprometemos con un proyecto radical de democracia que promueva nuevas nociones de lo público, fortalezca la sociedad civil y la participación, que haga factible la realización de la modernidad, superando la tiránica pesadez de la razón de Estado y de la razón instrumental.
En momentos en que lo humano pareciera condenado a la pesadez, bajo el yugo de múltiples coacciones publicas y privadas, es conveniente no aceptar más, como lo proponía Calvino, lo que “muchos consideran la vitalidad de los tiempos ruidosa, agresiva, piafante y atronadora”, entendiendo que esta visión del mundo pertenece al reino de la muerte, “como un cementerio de automóviles herrumbrosos”.
El peso de tanta muerte administrada a nombre del Estado, del progreso o de la libertad, reclama el imprescindible acceso a la levedad, al humanismo, a la democracia radical. Mientras tanto estaremos condenados a la pesadez, por las cotidianas condiciones de opresión que nos agobian, pesadez que es manejada incluso a nombre de una precaria idea de la democracia.

