El voto final, revanchista y pasional

Editorial

El artículo 190 de la Constitución Nacional de 1991 dice: “El Presidente de la República será elegido para un periodo de cuatro años por la mitad más uno de los votos que de manera secreta y directa depositen los ciudadanos en la fecha y con las formalidades que determine la ley. Si ningún candidato obtiene dicha mayoría se celebrará una nueva votación que tendrá lugar tres semanas más tarde en la que solo participarán los dos candidatos que hubieren obtenido las más altas votaciones…”

La citada norma, que establece la mayoría absoluta de votos para ser elegido Presidente y que prevé la segunda vuelta como requisito obligado para dirimirla, es sin duda alguna una exigencia ceñida estrictamente a los cánones que regulan nuestra democracia pero donde a pesar de tal liberalidad, puede a la vez acarrear y poner en peligro la tranquilidad y al orden público de la nación, dada la ausencia de adoctrinamiento y a la ignorancia y desinformación de un gran número de electores Y fue el temor a ese peligro o a la inseguridad lo que se sintió durante la segunda vuelta que culminó, por fortuna exitosamente y en paz, con la elección el pasado 19 de junio del candidato del Pacto Histórico, Gustavo Petro, gracias seguramente a la presencia vigilante de varios veedores internacionales.

Por otra parte, con el debilitamiento del bipartidismo y la proliferación de otros partidos, luego de la expedición de la Carta del 91, se perdió en gran parte la disciplina y la mística por un ideario e igualmente se acrecentó más la dificultad de que un candidato fuere elegido en primera vuelta por tener que competir con un buen número de aspirantes de los demás partidos. Tan cierto es ello, que hasta ahora el único que ha sido elegido en una sola vuelta es Álvaro Uribe en el 2002, al derrotar a Horacio Serpa, porque todavía no se habían creado otros partidos y además porque la mayoría de sus electores, infructuosamente creyeron en su firme promesa de lograr la paz derrotando a la guerrilla, cuando para ello, no le bastó un periodo presidencial, sino que necesito de otro, que compró a través de la llamada “Gidispolítica”, aparte del sinnúmero de muertes de seres inocentes causadas mediante los falsos positivos.

De todas formas los pasados comicios nos dejan un amargo sabor. Un gobierno politizado y sectario, con un Fiscal, una Procuradora y un Comandante del Ejército, abiertamente inclinados en contra del candidato hoy triunfante. Todo ello, para colmo, en un ambiente de parcialidad y de polarización extrema que se hizo sentir a través de las redes sociales y de los medios de información, no pocas veces mediante la mentira, el insulto y la vulgaridad.

Lo grave y decepcionante es que conocido el resultado de los votos del primer certamen electoral y no obstante la cómoda ventaja de más de dos y medio millones de votos sobre sus dos inmediatos seguidores, los candidatos triunfantes del Pacto Histórico, Gustavo Petro y Francia Márquez, tendrían que enfrentarse al de mayor votación, al exalcalde de Bucaramanga, Ingeniero Rodolfo Hernández con su fórmula vicepresidencial y quien engañosamente hizo creer a muchos que de ganar acabaría con la corrupción, a pesar  de estar llamado a juicio por “corrupto” como lo calificó su inmediato contendor Federico Gutiérrez en uno de los pocos debates a los que aquel asistió, siendo lo insólito de éste que conocido el resultado en su contra no vaciló en anunciarle su voto en la segunda vuelta y su respaldo con todo su equipo de seguidores.

Pero lo más absurdo e incomprensible es la de aquellos que se decían “de centro” y que pregonaban un programa muy cercano al del Pacto Histórico, que a la hora de definir su posición y la de sus electores en la segunda vuelta prefirieron marginarse, para votar en blanco u ofrecerle su adhesión, como lo hizo su candidato Sergio Fajardo al contendor Hernández, a sabiendas de sus grandes falencias, quien por fortuna lo rechazó. En éstos prevaleció más el egoísmo, el celo y la envidia, que la cordura, el buen juicio o la sensatez

De la anterior manera se destapó la farsa y se descubrió como el expresidente Uribe con los fanáticos de su partido, unidos a los simpatizantes del gobierno, harían causa común con todos los rivales y enemigos de Petro para tratar de derrotarlo, en una revancha sin precedentes, lo que afortunadamente no ocurrió, porque  pudo más su ferviente deseo de cambio, de una vida mejor, de una Colombia reconciliada y más humana por encima del odio, del engaño y la pasión.

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