“El mundo entero ha visto los efectos catastróficos de la brutal e injustificada agresión de Rusia contra Ucrania”, dice con redacción unánime la prensa de distorsión masiva. Es literal, no es mentira: todo el mundo lo ha visto con los ojos del mismo lado. Como vio la Guerra de Iraq desde 2003 hasta 2011, que inició George W. Bush con la excusa de “desarmar a Iraq, liberar a su pueblo y defender al mundo de un grave peligro”. Fue una magnífica mentira: Hussein carecía de armas nucleares, pero los EEUU y sus aliados necesitaban sus yacimientos petroleros; como el musulmán lo intentó con de los de Kuwait, causando la Guerra del Golfo entre mediados de agosto del 90 y febrero del 91.
Los que ven y nos hacen ver, son los ojos de Occidente, y son las voces occidentales las que repetimos inconscientemente, pues somos hechura de esa fábrica incesante de ideas y reacciones sentimentales que presume haber heredado el universo griego, y haberse convertido en la civilización más elevada de la Historia; con derecho a despreciar la de aquellas naciones donde no prospera la democracia griega, desconocen el paraíso de la libertad, y las gobiernan tipos autoritarios.
Esa idea persistió por siglos alimentada por escritores decimonónicos, profesores de enciclopedia y la editorial Gredos; hasta que la política fue capaz de juntar el dinero y las armas en un monopolio jamás conocido, cambiando el contenido que definió la cultura de lo que fue Occidente. El mundo occidental actual nada tiene que ver con los antiguos guerreros que quitaron la vida con el hierro, y la festejaron en el bronce, el mármol y la comedia. La democracia que imitamos y defendemos es la de “los padres fundadores de Filadelfia”, no la de Atenas; nos educamos en los ideales del dinero, no en la paideia.
Tras la segunda guerra mundial, lo que sea que significara Occidente, fue usurpado por el discurso de los EEUU para justificar su dominio sobe el mundo, y contener la amenaza comunista. Con esa intención se diseñó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), otro con Australia y Nueva Zelanda, y uno más con Australia y el Reino Unido, tres naciones angloparlantes para la seguridad en el Pacífico Sur. Y pobló cinco continentes con una estrella entre seis barras que distingue sus armas.
No hay acuerdo sobre el número de tropas norteamericanas en el extranjero, pero una cifra conservadora cuenta 173 mil, 60 mil en suelo europeo. Y no son griegos ni romanos los que manejan los radares, los misiles y lanzaderas en cerca de 76 países. Hoy, Occidente estira hasta las fronteras de ultramar de USA y su seguridad nacional: que son todo el orbe.
No es extraño, entonces, que a la “cultura de Occidente” pertenezcan orientales como Corea del Sur, Japón y Taiwán; gente del sur como Australia, Nueva Zelanda y Chile; los europeos todos; y tórridos como nosotros, destinados a defender a los Estados Unidos de todos sus enemigos; persuadidos de que encarnan la esencia de la civilización occidental, como se escuchó en la periferia y en todos los tugurios en el vecindario orbital, donde el mensaje caló hasta los tuétanos.
Por convicción, no por sumisión, nos hemos comportado como ejemplares mozos de estribo. Que lo diga si no, el desvaído recuerdo de los soldados colombianos que lucharon en Corea contra los comunistas que amenazaban la democracia toda; o nuestros diplomáticos votando siempre contra China, Rusia y Cuba, por comunistas; apoyando sin vergüenza el Reino Unido contra Argentina en la guerra de las Malvinas, y respaldando con orgullo a Israel y condenando a Palestina.
Europa y los Estados Unidos representaron el alma de las ideas occidentales. Fundidos en el crisol de la guerra contra el nazismo y el fascismo, la Unidad Europea y la OTAN fueron la muralla imperturbable contra el comunismo de la Unión Soviética, y después contra la Rusia capitalista y autocrática, según su discurso. Hasta que Donald Trump rompió el consenso al negarse a continuar la guerra en Ucrania, acusar a los europeos de echarle candela a la guerra, convertir a Rusia en su aliada favorita, acordar con ella la paz sin contar con la UE, la OTAN y Zelensky, y suspender la ayuda de inteligencia militar a Kiev. Una bofetada.
En Bruselas se sienten traicionados. En Londres y París recuerdan a Goya, porque Trump les evoca el fresco de “Saturno devorando a su hijo”. Han pasado de la fe ciega a la desconfianza con los Estados Unidos. Mario Dragui dijo sin rodeos, que en la cuestión de Ucrania Estados Unidos demostró ser una verdadera amenaza para Europa. Aparte del temor imaginado de ser invadidos por Rusia hasta Portugal, se ven obligados a encarar esa nueva alianza salvaje. Como los soldados fronterizos en “El desierto de los Tártaros”, la hermosa novela de Dino Buzzati, cumplen durante años la única misión de mirar por encima de la muralla el desierto por donde llegarán los enemigos. Y ahí siguen, aunque jamás han avistado ninguno.
El gobierno norteamericano renunció al comando de la OTAN que jamás cedió desde 1949. El capitán abandona el puente. Hace agua la carcasa de la Alianza militar del Atlántico Norte, y la Unión Europea que intenta mantenerla a flote, se descose por la división que el mismo conflicto ucraniano provocó.
La máquina portentosa occidental de producir mensajes con un solo ojo, se fisuró. Y ahora los occidentales de Asia, África, Europa, Oceanía y América deben esperar a ver por donde tiran la línea para seguirla, sin saber por cuánto tiempo. Quizá resista para el viaje de Trump, y el de Vance después. Tal vez entonces los neoliberales regresen… Pero no hallarán las cosas en el punto en que las dejaron el 19 de enero de 2025. Eso es seguro.
