Sobre el primero de mayo

Editorial

Por televisión tradicional y por RTVC seguí el discurrir de la movilización nacional del primero de mayo pasado, a efectos de valorar, desde distintos ángulos, la dimensión del suceso que en 2025, además de celebrar del día internacional de los trabajadores, revelaría el grado de conciencia histórica y el peso político real que respalda la consulta popular orientada hacia la reforma laboral que decidirá, si el trabajo es factor para construir un país próspero, justo y moderno o si el trabajo seguirá siendo expresión del país arcaico y excluyente que acumula riqueza, sin compartirla con quienes realmente la crean.

En Ibagué no acompañé la marcha por limitación ósea, pero la observé de cerca para actualizar mis lecturas sobre la evolución de la conciencia y la acción política en este Tolima retrógrado.

De lo ocurrido en el país no pondero porque creo que sólo los necios redomados argüirán majaderías para descalificar el histórico significado de la movilización popular que reafirma nuestra creencia en que, ciertamente, y desde hace tres años, empezó la reconstrucción del país. Sobre la movilización en Ibagué me hice el propósito de observarla atentamente para hacer mi particular extrapolación de la concurrencia (que difiere abismalmente del juicio de negacionistas y continuistas) y para leer los símbolos o semiótica de la diversidad étnica, la mixtura de la organización social, el acervo ideológico contenido en pancartas y consignas y el ímpetu político, para así renovar mi criterio sobre la psicología social que, en mi modesto parecer, allí podía reconocer para valorar también su eventual efecto en el futuro tolimense.

Como no puede ser de otra forma, intento ser justo y crítico porque mis lecturas, como suelo indicarlo, buscan entender el pensamiento político y el proceder de los liderazgos desde dos visiones del cambio paralelas o distintas, la nacional y la tolimense, fundadas en esta lógica: si el tolimense acepta que Colombia es de hecho, y debe serlo realmente, país de regiones, aceptará que el desarrollo nacional inicia en el Tolima.

En la marcha ibaguereña (si hubiese llegado al Parque Murillo Toro, habría rebosado su aforo) observe alegría, madurez política, espíritu de paz, conciencia de que apremian grandes reformas, y algo noble, solidaridad con el Pueblo Palestino, hecho que revela sensibilidad global. Lo visto enseña que el Tolima tiene potencial político para transformar y que aportará muchos votos a la consulta popular.

El anhelo de cambio nacional no excusa la falta de anhelo de cambio en el Tolima, territorio donde padecemos una torva y decadente realidad que las reformas nacionales no corregirán si nuestro “progresismo” (que sobre éste asunto y tal vez por falta de reflexión, en la marcha no dio indicio alguno) no supera la contradicción de ejercer una política progresista nacional y, a la vez, ejercer la política regresiva en el Tolima, razón que lo descalifica para llamar a los tolimenses, como poder constituyente (sigo la lógica del cambio en democracia), a derrocar ese poder medieval constituido bajo la égida politiquera y no de la madurez política.

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