“Hoy tengo ganas de gritar”, anunció… y gritó, y erró.
La culpa es de la política, y la corrección está en ella. Es cuestión de saber en dónde somos eficaces para hacerla; es cosa de conocer cuáles son nuestras potencias y los escenarios propicios para provocar los efectos deseados.
Francia Márquez Mina comenzó haciendo política –sin saberlo–, desde la perdida comunidad de La Toma, en Suárez, Cauca, cuando participó en la resistencia de los pobladores de Morales, Suárez y Buenos Aires al proyecto oficial de desviar el río Ovejas a la represa de Salvajina; defendiendo el derecho a la minería artesanal –un oficio que ella realizó muy temprano–, el agua para el cultivo de los campesinos y el trabajo de los pescadores.
Y siguió haciendo política de la buena, al lograr en 1994 por primera vez en Colombia, se consultara a las comunidades sobre el desvío del Ovejas de acuerdo con la ley 70 de 1993, o Ley de Comunidades Negras, aunque no alcanzó el mínimo de votos. Pero legitimó socialmente “el derecho a la consulta previa”, abrió la puerta a nuevas formas de organización política y de identidad afrodescendiente que reclamaron su espacio en el espectro político colombiano. Pocas veces se vio un resultado de tanto calado nacional, porque rediseñó las prioridades en las políticas públicas de infraestructura.
Esas mismas organizaciones exigieron la titulación colectiva de los territorios de comunidades negras, resistieron la violencia paramilitar y guerrillera por la minería ilegal, y se opusieron al otorgamiento masivo de licencias a grandes proyectos mineros trasnacionales. Hasta que Francia Márquez, Yair Ortiz Larrahondo y el Consejo Comunitario de La Toma obtuvieron que la Corte Constitucional protegiera los DD. FF. a la población afrodescendiente víctima del desplazamiento forzado, reconociera a esa comunidad con derecho sobre su territorio y a la minería ancestral, y suspendiera los títulos mineros a las grandes corporaciones.
Una acción que protegía el bienestar de la gente. ¿No es esto de lo que trata la política?
Sin embargo, no paró el incremento de la minería ilegal, ni el asesinato de varios dirigentes, pues en los territorios impera el poder del capital y de la mafia. Cuando en 2014 el Estado incumplió un acuerdo firmado con la mediación del Alto Comisionado de Naciones Unidas en Colombia para frenar la extracción ilegal de oro en sus tierras originarias; se organizó La marcha de los turbantes que cerca de 80 mujeres negras hicieron desde La Toma hasta Bogotá. El nuevo acuerdo firmado con el gobierno nacional tras 22 días de protestas tampoco frenó la minería ilegal, ni dio seguridad a los dirigentes populares. Declarada objetivo militar por las AUC, Francia Márquez tuvo que huir con su familia a Cali.
Para entonces tenía estatura de personaje nacional. En 2015 obtuvo el Premio a la defensa de los DD HH en Colombia, y en 2018 recibió el importante premio Goldman en reconocimiento a su activismo ambiental. Figuraba ya internacionalmente sin que su vulneración disminuyera, pues días después fue víctima de un atentado en Santander de Quilichao, saliendo ilesa. En 2019 ganó el Premio Joan Alsina de Derechos Humanos; y figuró en la lista que la BBC News publicó de las 100 mujeres más influyentes e inspiradoras en el mundo.
En 2018 decidió hacer política electoral como candidata a la Cámara por las Comunidades Afro-Descendientes en la lista del Consejo Comunitario del Río Yurumanguí, con el respaldo de Colombia Humana, y no le alcanzó. En 2022 participó en la consulta del Pacto Histórico a las presidenciales, y su segunda votación le valió para ir en la papeleta como vicepresidente. Cuando triunfó la fórmula Petro-Márquez comenzaron los dolorosos, al confundir un honor conferido por el voto popular con el supuesto poder que desde allí podría ejercerse.
La constituyente del 91 abolió la figura del “Designado” que por décadas funcionó sin causar conflictos de poder, y trajo la vicepresidencia que había probado en el vecindario ser conflictiva e inútil, incluso en USA. Baste recordar las discordias peligrosas entre Ernesto Samper y Humberto De la Calle, y los mal disimulados distanciamientos de casi todos los elegidos como vices, salvo los regalados como Pachito Santos, Oscar Naranjo o Angelino Garzón (que entonces ya había entontecido); o los que llegaron a repartir el queso, como Germán Vargas Lleras.
La vicepresidencia es un desierto en donde no se cosecha nada. Carece de todo poder, pues su única función es esperar en la banca el llamado a ocupar la butaca del titular. Los presidentes les “encargan oficios” para ocultar su inutilidad, y dejen de andar poniendo velas sin haberse levantado el altar. A Francia se le encomendó inaugurar el Ministerio de la Igualdad Social que pintaba hecho a su medida para promover el ascenso de sus comunidades ancestrales que siguen llevando una vida precaria, y la de otros sectores vulnerables, pero la cosa no resultó. Juan M. Santos brilló cuando estrenó el Ministerio de Comercio Exterior, porque es difícil hacer mal lo que nadie ha hecho antes.
Las condiciones socioeconómicas en las que nuestra vicepresidente creció limitan sus conocimientos en la administración burocrática, lo sabíamos. Por ello es injusto achacar el fracaso de esa gestión a Petro, y declararse utilizada por él. Simplemente llegó de placé en la carrera dominical, cuando su lugar pudo ser del tercero. Su error consistió en pensar que desde el Congreso primero, y después desde la vicepresidencia, su rebeldía de mujer negra encontraría un mejor sitio para seguir la lucha por las reivindicaciones y los derechos sociales que la hicieron una líder potente. Su poder sigue estando allí… o cerca de allí.
El Congreso desencanta porque las transformaciones dependen de la correlación de fuerzas, y con frecuencia “los principios” políticos impiden hacer arreglos que las faciliten. Francia Márquez se peguntó en campaña a la Cámara si aquél sería su lugar. “Uno se cuestiona: ¿será que estoy equivocada? ¿Será que esto no es lo mío?”, por la discriminación racial que vivió. No es por lo que creo que debe volver a las bases donde edificó su poder político. Necesita prepararse y preparar una fuerza capacitada para gobernar, para conciliar ideas y entonces regresar; porque si bien no es condición ser blanquito para gobernar, hay que dejar de considerarse negrito para hacerlo bien.
Luchadoras de su talla tienen el deber de impedir que sus comunidades “sobrevivan o mueran de tristeza, de enfermedades o porque los declaran objetivo militar”, según declaró al ser merecidamente premiada. Una tristeza que me hizo pensar en una canción al modo blues para que su gente se olvide de La Cabaña del Tío Tom, y escuchen la voz de los afronorteamericanos de las novelas de James Baldwin o Erskine Cadwell, que resisten y se sobreponen a la adversidad de ser negro, en un sistema más implacable e injusto con ellos que el nuestro. Así, el grito de esa luchadora no será utilizado por los verdaderos causantes de su rabia.
