A propósito de una celebración admirable.
Con el siglo XXI los diarios impresos en papel periódico entraron en franco declive, diezmados por la cuarta revolución industrial de la digitalización que derrotó a las rotativas por completo. La imagen visual digitalizada lanzó al archivo de la historia las máquinas ruidosas, las veloces cintas de papel sobre los rodillos, y las tintas con las que se imprimieron la información, la amenidad y la noticia en los grandes diarios.
La agonía universal de los diarios impresos con grandes tirajes había comenzado en las dos últimas décadas del siglo XX, después de ser acaparados por inversionistas transnacionales que hicieron lo mismo con la radio y la televisión. Irónicamente, cuando las supernovas de la prensa engullían a los pequeños diarios de las regiones sustituyéndolos por franquicias suyas – como “Tolima 7 Días” –, o aportando al cierre de otros – como “El Nuevo Día”–; esos titanes mediáticos estaban cerca de colapsar. Hoy son satélites en el capital galáctico que tuvieron que emigrar a las plataformas digitales, donde mendigan lectores cada vez más esquivos y cabreados.
Aunque haya quién no se percata, tenemos el triste privilegio de asistir al final de una era cultural con todas sus consecuencias. Y con el fin de la era del papel impreso, se inició la extinción de los “diariosaurios” como yo, pues pertenezco mental y sentimentalmente a la era del diario. Así como millones crecieron sin usar la máquina de escribir (sin ir hasta la pluma y el tintero), la inmensa mayoría a mi alrededor no ha necesitado leer un periódico o una revista. Y ya no lo harán, pues todo lo que requieren consultar lo encuentran en sus equipos portátiles. La gente de hoy pertenece al tiempo de la imagen, no al de la escritura; sus cerebros crecen en la nueva era del ojo que mira, no del que lee.
No se trata entonces de una nueva forma de hacer las cosas (pues entraron en obsolescencia), sino de la extinción de una forma de vivir. Y significa también la desaparición de la resistencia cultural de las regiones que se expresaba en sus publicaciones propias, hoy arrumadas. Una resistencia que por vía de la afirmación desde los mismos inicios del periodismo de provincia reflejó el pensar particular de quienes se reconocen por las costumbres de hacer y pensar que fundan su identidad. Esa visión diferente del centro en la que se formaron sus habitantes y periodistas, es la que sucumbió en la forma que conocimos.
Con todos sus defectos, es preferible una prensa regional fuerte, que someterse a la hegemonía del centro. El periodismo de provincia no pretendió anular los grandes tirajes, pero ofrece a sus paisanos la mirada más próxima de lo que son capaces de hacer. Mide su inteligencia y su atrevimiento.
Dado que una interpretación desde la periferia supone una controversia con el centro, toda imaginación sobre “lo territorial” autonómico, debe pasar por defender y hacer prevalecer la prensa propia, y rechazar la cooptación de proyectos periodísticos como el de “Tolima 7 días” que debilitó lo nuestro, sin oposición de nuestra dirigencia cívica y empresarial. Los antioqueños se opusieron a la compra de “El Colombiano” que intentó Gilinsky. Por cosas de ese estilo son lo que son.
Quienes insisten en mencionar la existencia de un algo llamado la tolimensidad, como si fuese una variedad de cualidades por enunciar y enumerar sin que lo hagan juiciosamente, deberían poner a la cabeza de tales presunciones, esa conducta reprochable de preferir lo ajeno a costa de lo nuestro, cuando de medios de expresión se trate. Por la manía de ser obsecuentes con los poderosos de afuera en lugar de hacernos poderosos aquí, perdimos una manera de encontrarnos en el choque y la diferencia.
Cuando se hable de fortalecer los territorios, debe convenirse en que sin la promoción de las voces de la periferia no prosperarán las regiones, sin el periodismo local no se formará ese espíritu inasible que da voz a los que se sienten semejantes a pesar de la discrepancia.
Los medios regionales son esenciales para que sobreviva ese conjunto de cualidades y defectos que dan identidad tradicional a ciertas regiones de una nación; y prosperen las disonancias y esas otras formas regionales de ser, de hacer y de pensar que nos convierten en paisanos.
Desde lejos aprendí que Actualidad Tolimense es nuestra como una lápida, según lo enseñó Juancho Polo Valencia en “Alicia Dorada” con aquello de que, “donde quiera que uno muere… todas las tierras son benditas”. Pues junto a los editoriales cuidados, sentí la cercanía de columnistas honrados que ya no frecuento, los obituarios contándome cosas, los chismes y picardías que circulan en la tercera que no puedo escuchar. Por ello celebro con mi modesta firma de autor el número mil de Actualidad Tolimense, y desde mi experiencia como editor de revistas declaro mi admiración por la tenacidad de sus directores, y la de los anunciantes que sostienen solidariamente un proyecto que insiste en publicarse en papel, resistiendo al digitalismo imperante. Y agradezco a los columnistas que han escrito en estas páginas que leo desde 1989, porque me suscitaron pensamientos que no hubiesen llegado sin su provocación. Este periódico hace territorio, da rostro a ese totem llamado Tolima.
