
En campaña electoral los grandes medios venden los debates televisados como la gran ocasión para mostrar la fortaleza de nuestra democracia, cuando lo que montan es un “reality”; un espectáculo de famosos sin tangas o narizones, con el fin de inclinar mañosamente la opinión de la franja que todavía los sigue, fingiendo que son imparciales. Una mentira, pues nuestro periodismo es parcial como el testigo del acusador o el verdugo enmascarado del cadalso, en el que las únicas imparciales fueron el hacha y la soga.
No me quejo de la parcialidad del periodismo, pues siempre lo fue y así debe ser en una sociedad con distintas opiniones en ejercicio de la libertad de prensa y de expresión. Lo hago porque simulan ser imparciales y hacen creer que existe diversidad ideológica en los medios, y no un bloque compacto que beneficia a unos candidatos y ataca sin rubor a sus adversarios.
Porque nuestro periodismo tiene consentidos y adversarios propios. Mientras a unos acaricia, golpea a los otros con su aparato de propaganda y agresión usado como manopla: un arma consistente en cuatro anillos metálicos unidos que se ajusta a los nudillos de la mano para golpear con más violencia. Dos ejemplos: un puño con manopla de Néstor Morales tendría la fuerza de uno de Vargas Lleras, y un golpe de Juan Lozano puede doler como el destierro a Jorge Alfredo Vargas.
Y para atacar con disimulo hicieron grandes cambios. Abolieron los noticieros de lectura de hechos escuetos, sustituyéndolos por espacios “de opinión” en los que unos periodistas de base y militantes de partidos actuando como panelistas, “comentan” los sucesos políticos y “fabrican noticias” para crear tendencias que favorezcan la posición que necesitan en cada campaña. Y transformaron la entrevista en una agresión descarada para “exponer” al invitado ante la audiencia, si se trata de funcionarios del gobierno Petro. Camila Zuluaga, una mujer desmirriada “encarando” envalentonada a un burócrata petrista, es ejemplar.
En Colombia los micrófonos se alquilan por un rato, igual que las camas de latinos en New York, aunque a un alto precio. Los periodistas piensan como propietarios y hablan como ellos, aunque sólo sean conciencias alquiladas que trabajan con entusiasmo. Catalina Suárez, la mujer del hijo del Mono Jojoy, ahijada de matrimonio de Álvaro Uribe, sirvió en La W a la causa de su padrino hasta que el recorte de personal ordenado por la matriz en Madrid le quitó el micrófono. La reemplaza en Noticias Caracol, Espinoza, quien cuando Sánchez Cristo comentó que Abelardo y Paloma se habían reunido en los días santos para una probable unión, se le escapó la exclamación: “¡Qué lindo!” ¡Qué cagada, Espinoza! Lo insoportable es el irrespeto a la ética de un oficio que fue grande en la radio hasta Juan Gossaín o Yolanda Ruiz, donde usted no cuenta.
En el pasado los diarios fueron abiertamente liberales o conservadores según el partido de sus propietarios, y pedían de frente el voto para su candidato mientras denigraban al contrario (salvo el Frente Nacional, cuando las jerarquías acordaban un mismo candidato). Hoy, los diarios, la radio y la televisión, propiedad del partido único de las corporaciones nacionales y extranjeras, en un solo bloque hacen campaña por sus candidatos y desprestigian y calumnian a los del progresismo.
El liberalismo y el conservatismo, y los partidos que de allí se desprendieron, piensan que con la constitución del 91 alcanzamos la madurez democrática, y que en ella consagramos un sistema económico capaz de crear bienestar para todos. En un número agónico de su semanario “Nueva Frontera” (1993), Carlos Lleras Restrepo editorializó que el país no necesita reformas. Estaba satisfecho con la consagración constitucional del sistema neoliberal, mientras en la tribuna hacíamos fiesta por un listado de derechos que en mayoría siguen insatisfechos.
Y aunque el progresismo de Petro y Cepeda apenas propone que los derechos fundamentales pasen del dicho al hecho, los partidarios de la derecha sienten en peligro los grandes negocios que hacen con la salud, la educación o la vivienda, aunque no estén en riesgo la institucionalidad de la república y el modelo capitalista. Entonces los grandes medios recurren a la multiplicación del miedo por los espantos del comunismo.
En 2022, Petro nos expropiaría y correríamos “la misma suerte de Venezuela”. Como esas terribles premoniciones no se cumplieron en este gobierno – porque jamás fue el programa del progresismo –; ahora Paloma Valencia dice que Iván Cepeda debe aclarar quién es, pues “muchos colombianos están pensando que Petro es Cepeda o que Cepeda es Petro, y no es verdad”; y que después del debate “la gente va a notar que Cepeda no es Petro, y la pelea de la democracia no es contra una izquierda, sino contra un neocomunismo que le puede acabar la democracia a Colombia”.
¡Vivir para ver! Paloma redime a Petro. Ya no es el peligroso neocomunista del siglo XXI, sino un simple “mamerto”, como ella cataloga a su inofensivo marido. Como Iván Cepeda sigue siendo la encarnación del mal, la derecha insiste en el show de los debates para que el público “conozca los programas” de los aspirantes. Como si luego de tres años y medio de debates públicos sobre las reformas que intentó Petro (y son la esencia de las campañas en curso), no se supiera quién las defiende y quién las ataca. Tan claro como un cara o cruz.
Cepeda debe participar en los debates condicionando que se realicen en la red de medios públicos, y no en los canales privados que son sus calumniadores; que se pregunte sobre los grandes temas y problemas de la nación, y se excluya a los presentadores y periodistas militantes de la política, y que se abra el debate, ¡Pero pelién a mano limpia, güevones!
