Ante nuevos escenarios y terminologías

Editorial

Por: ANTONIO MELO SALAZAR

Los dislates que suelen acompañar a las actuaciones del recién posesionado presidente de los colombianos, están a punto de superar, en solo un mes, los de su antecesor, que se creía iba a ser campeón imbatible en tan controvertida categoría. Dejando, por supuesto, por fuera al presidente norteamericano, sin parangón en el planeta.

Cuando quedan, todavía, un poco menos de 47 meses, es preciso ajustar los léxicos en los pronunciamientos y publicaciones, para evitar inconvenientes, cuando no, complejas circunstancias, que incluyen, si se analizan los antecedentes, demandas judiciales y afectaciones patrimoniales, ejecutadas por bien numerosos y extremadamente bien financiados equipos de experimentados abogados con excelentes conexiones con el poder judicial.

Con base en lo anterior y observando el más reciente panorama de la región, es preciso acudir a la indispensable compañía del Diccionario de la Real Academia Española, el inefable DRAE, autoridad máxima en estas hirsutas disquisiciones.

Los mandatarios y dignatarios que en la actualidad funcionan en nuestro vecindario quedan, en su mayoría, cobijados por tres palabras, que pueden ser adjetivos o sustantivos, y que, en ocasiones, algunos consideran similares, pero que, en realidad (y para el caso) son homónimas.

Estas son: vasallos, lacayos y cipayos. Que de todas ellas aparecen en el panorama descrito.

La primera, cobija a quienes por tradición o por la fuerza, se someten a un poder externo, con el cual comparten obligaciones, recursos y gestión, como podría considerarse lo que sucede con el actual gobierno de Venezuela

La segunda, los lacayos, que se someten voluntariamente a los designios de un poder extranjero, con el objeto de obtener el beneplácito y los favores del poderoso, como podría identificarse a los actuales gobiernos de Noboa o Milei.

Finalmente, los cipayos, término que se emplea para designar a quienes se pliegan a los intereses extranjeros, en perjuicio de los de su propio país, como bien puede asimilarse a lo que ocurre con los gobiernos de Honduras o El Salvador.

Lo anterior para reflexionar sobre el tema, para confrontar la opinión con lo descrito y para saber en cuál categoría entrarían cada uno de los dos últimos gobiernos colombianos. O, si el tiempo lo permite, ampliar el análisis, al menos, a los gobiernos de nuestro país, en el presente siglo. Pues la historia de Colombia ofrece inmenso material que permitiría una comprensión más acertada del devenir de nuestra nación. Las circunstancias obligan a un reposado escrutinio y a una más precisa evaluación, so pena de caer en argumentación sin sustento y exponerse a los avatares descritos al comienzo.