Treinta y cuatro ochenta y dos, serie once

Culturales

(Crónica de Navidad)

Por  JESÚS ALBERTO SEPÚLVEDA GRIMALDO

María Cristina Yara, conocida después de las seis de la tarde  como Jennifer Paola, trabaja desde hace nueve meses en el oficio más antiguo  de la humanidad en la casa de citas  de Mamá Chavela. Tiene unos ojos color agua de panela, somnolientos y tristes  que parecen achicarse con el paso de los días, o mejor, con el paso de las noches;  una mata de pelo rebelde que alguna vez fue rubia;  una boca carnosa de labios repintados  casi siempre de purpura, demasiado grande para su angulosa cara trasnochada. Ella, que no sabe exactamente como se escribe Jennifer, su otro nombre, no mide más de uno sesenta a  pesar de sus tacones desgastados; y hace mucho tiempo que ya perdió la cuenta de los hombres  que han asaltado y poseído su frágil cuerpo talla S, del que hace un par de años salió Juan Sebastián, su único hijo – de padre desconocido para más señas – , que este año como el anterior, pasará la navidad sin ella, en compañía de una vecina de barrio que lo cuida desde la hora en que María Cristina pierde su nombre de pila bautismal y hasta la madrugada fría e indecisa cuando vuelve a recuperarlo, mientras regresa a la pieza de alquiler en un inquilinato de la periferia del sur. Ella, María Cristina O Jennifer, brindará de pronto con un vaso de cerveza en la penumbra de la media noche de su navidad, en compañía de un hombre ebrio al que nunca antes ha visto en su vida; llorará en silencio entre vallenatos o boleros y extrañará a su pequeño hijo que aún no alcanza a imaginar porqué el Niño Dios parece no importarle para nada sus tristes existencias.

Ven ante mis ojos de ti enamorados, bese ya tus plantas bese ya tus manos. Prosternado en tierra te tiendo los brazos y aún más que mis frases te dice mi llanto.

Dulce Jesús mío mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!

Todo el mundo en el conjunto cerrado lo conoce como Chaparro. Será porque Chaparro es su único apellido. Tiene unos cuarenta y tantos años que le pesan el doble por las infinitas trasnochadas como celador cuidando lo que no es de él, agachando la cabeza a los habitantes del conjunto desde el parqueadero hasta el piso quinto y hasta arriesgando su vida para proteger lo que no le pertenece. Viste un lustroso uniforme azul oscuro, tan brillante por el uso reiterado de tantos celadores que lo antecedieron; una gorra dos tallas más grande que su cabeza de antiguo policía; una camisa blanca que una vez fue verdaderamente blanca y una corbata de esas de cauchito con nudo permanente. Chaparro está casado y es papá de cinco hijos, dos niñas y tres varones -los mayores-; y el veinticuatro de diciembre será otra navidad que no compartirá en familia. Chaparro recorrerá en la Nochebuena innumerables veces el conjunto cerrado y sus alrededores  con una vieja escopeta de capsulas terciada  sobre sus cuarenta y tantos, sin más compañía que ese perro tan fiel y tan trasnochador que un día adoptó en medio del vagabundeo de una calle cercana; y si bien le va a Chaparro, brindará en desechable vino de manzana a la media noche con la inquilina viuda del trescientos dos.

Oh lumbre de oriente sol de eternos rayos que entre las tinieblas tu esplendor veamos, Niño tan precioso, dicha del cristiano, luzca la sonrisa de tus dulces labios.

Dulce Jesús mío mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!

Gregorio Segovia padece hace dos años, cuatro meses y diecisiete días una de esas enfermedades terminales que lo convirtieron en lo que el común de la gente suele llamar un “vegetal”. Vive, o sobrevive en el reducido espacio que ocupa una cama sencilla en la unidad de cuidados intensivos de un hospital  de la ciudad; y aunque los médicos, las enfermeras y hasta los familiares afirman que lo tiene todo, porque lo han dotado de cables, mangueras, respiradores artificiales y otro montón de aparatos médicos; a Gregorio Segovia le falta todo. Goyo, como lo llamaban en el pasado sus amigos de la liga, fue boxeador aficionado y estuvo peleando la medalla de bronce en los nacionales del setenta; trabajó tres años en los ferrocarriles hasta que lo despidieron sin justa causa porque iban a demoler la estación del tren; llenaba crucigramas y era amante irremediable de las fritangas callejeras. Gregorio Segovia puede hoy mover torpemente y como en cámara lenta los dedos de su mano derecha y la noche de navidad la pasará mirando el cielo raso de la unidad de cuidados intensivos  escuchando el monótono pito de  un monitor que le avisa que continua con vida y el goteo interminable de un frasco de dextrosa que alimenta su enflaquecida existencia.

A Gregorio le tienen ahora todos los brindis prohibidos.

Del débil auxilio, del doliente amparo, consuelo del triste, luz de desterrado.

Vida de mi vida, mi sueño adorado, mi constante amigo mi divino hermano.

Dulce Jesús mío mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!

A Varguitas, el que trabajaba en el Banco Agrario le faltaban tan solo siete meses para pensionarse cuando se dejó enredar en una trampa financiera por un par de clientes recién amistados con fraudulentas tarjetas débito.

Estudiaba Contabilidad y Finanzas en la nocturna de una academia de garaje y estaba pagando por cuotas una Yamaha de segunda.

A Varguitas lo metieron a la cárcel una tarde de jueves cuando salía de cine con una vecina con la que venía flirteando desde hace muchos años; lo habían denunciado las directivas del banco por estafa, falsedad en documento, hurto agravado y otros delitos financieros; le embargaron la moto, lo botaron de la academia y perdió su viejo amor de tantos esfuerzos.  A Varguitas lo acompañaran la noche de navidad los reclusos de un patio cualquiera en la penitenciaria y detrás de los barrotes de su celda, se resignará a ver las luces explosivas de los voladores, escuchando el eco apenas de unos villancicos remotos que le recordarán pesarosamente los felices días de su infancia. No brindara con nadie. No tiene nada porqué brindar.

Oh sapiencia suma del Dios soberano que a nivel de un niño te hayas rebajado. Oh Divino infante ven para enseñarnos la prudencia que hace verdaderos sabios. Dulce Jesús mío mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!

María Cristina Yara, conocida después de las seis de la tarde como Jennifer Paola compró la tarde de navidad una fracción del Extra numerada con el Treinta y Cuatro Ochenta y Dos  de la serie Once a un lotero que se tomó un par de cervezas en la casa de mamá Chavela.

Chaparro, el celador de corbata con cauchito y perro vagabundo compañero, se dejó convencer de ese mismo lotero cuando le vendió otra  fracción del Treinta y Cuatro Ochenta y Dos  de la serie Once, unos minutos antes de recibir el turno en el conjunto cerrado donde trabaja por las noches.

Cuando el médico de Gregorio Segovia iniciaba la ronda de la noche, el enfermo terminal lo sorprendió escribiendo sobre el papel que el galeno le facilitó, los dígitos del Treinta y Cuatro Ochenta y Dos y el Uno Uno ligeramente separado, con los torpes movimientos de su mano derecha temblorosa; el médico, lo entendió como un augurio navideño y no tardó en comprar una fracción de Extra al mismo lotero, que coincidencialmente rondaba el hospital. Y ese lotero, que se apedillaba Vargas, como su hermano Varguitas que habían encerrado en la cárcel por esos asuntos de los delitos contra el patrimonio económico; le había hecho llegar, el pasado domingo de visita, como regalo de navidad a su hermano en desgracia, una fracción del Treinta y Cuatro Ochenta y Dos, serie Once del Extra, para que soñara de pronto con mejores días por venir.

La muchacha que trabaja en la casa de mamá Chavela; el celador del conjunto; el médico de cabecera del enfermo terminal y el ex – empleado del banco que casi se pensiona, no lo podían creer cuando se enteraron el veinticinco de diciembre que el Extra de Navidad, el gordo de la lotería, había sido vendido a cuatro ganadores distintos de la ciudad.

Había caído el número Treinta y Cuatro Ochenta de la serie Once.

Habían estado cerca. Siempre estuvieron demasiado cerca.

¡Ven salvador nuestro por quien suspiramos ven a nuestras almas ven no tardes tanto!.

navidad

Conoce más aquí

Síguenos en Facebook o X

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *