Tolima corrupto y a nadie le importa

Editorial

Apareció un mensaje hermoso que promociona lo mejor del país y extrañamos la ausencia de algo bueno de nuestra tierra. Pero luego, repasando la historia de los “personajes” de Ibagué  y del Tolima en los últimos años, encontramos que existe una tendencial  especial con  relación a  las tentaciones del poder de  quienes tienen acceso a los altos cargos del Estado que, cuando llegan a ellos, aumenta los altos índices de corrupción, nefato resultado que deja al Tolima y a su capital con una suerte  muy  incierta.  Lo  triste es que esos hechos no generan indignación alguna en una sociedad que,  contrario a ello, premia a los acusados con su respaldo en las urnas en forma por demás increible.

Todo comenzó con los casos más sonados que se  iniciaron con Alberto Santofimio, Alfonso Uribe Badillo, Emilio Martínez Rosales, Pompilio Avendaño y Carlos García Orjuela, afines al partido liberal,  y  luego se extendieron  a los conservadores Luis Humberto Gómez Gallo, Gonzalo García, Javier Ramiro Devia y Pedro Pablo Trujillo, todos perdieron sus curules en  Senado y Cámara por diversos delitos. Si bien es cierto que antes los funcionarios estaban menos expuestos por la complacencia de los órganos de control, todo se hizo público y hoy la ventilación de los hechos por periodistas independientes coloca en la picota pública a una clase dirigente indigna y atrevida.

Ante la sordera, ceguera y mudez persistente de fiscalias, procuradurias, contralorias y personerías, organismos también carcomidos por la descomposición, la alcaldía de Ibagué durante los últimos 25 años ha sido un “botín” para los elegidos y los escándalos han sido permanentes por malversación de los recursos, cohecho, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito, inhabilidades, contratación indebida de obras, prevaricato, celebración de contratos sin cumplir requisitos legales, sobrecostos, peculados, y  por ello quedaron marcados, Jorge Tulio Rodríguez, Rubén Darío Rodríguez, Jesús María Botero, Luis H. Rodríguez, Guillermo Alfonso Jaramillo y,  el más reciente,  el flamante Andrés Fabian Hurtado que, por primera vez, deja sucesora en el primer cargo de nuestra capital.

Y que decir de los gobernadores, Jorge García Orjuela destituido por violación al régimen de inhabilidades; Fernando Osorio Cuenca, imputado por realizar contrato sin requisitos y peculado por apropiación a favor de terceros; Oscar Barreto sancionado, en primera instancia por irregularidades en la vía Villahermosa-Líbano, imputado por convenio con  la empresa Egetsa, otorgamiento de cupos estudiantiles fantasmas, investigado por el fallido “banco de los tolimenses” e imputado por irregular contratación del PAE 2015 y el cartel de los fertilizantes, contratados y no entregados a los agricultores y; el último,  Ricardo Orozco,  que no ha esclarecido lo relacionado con una suntuosa construcción en predios del Cañón del Combeima, la inversión de más de 75 mil millones en una carretera que nunca se termina entre Ibagué y Rovira y  la utilización de recursos de la salud para  enriquecimiento de particulares.

Pero la desgracia regional no se queda ahí. Quienes son llamados a ocupar Las más altas dignidades del país, también terminan con los cascos chuecos, como ocurrió con José Leonidas Bustos,  quien llego a la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia  y usa tal investidura  para recibir sobornos y cambiar procesos judiciales en favor de los acusados. Y qué  decir de Pierre García ex representante a la Cámara, designado como embajador plenipotenciario en Ginebra (Suiza) y luego regente del Departamento de Prosperidad Social, en donde articuló, no la defensa de los recursos para los desprotegidos, sino una red criminal en la que también montó al senador Miguel Ángel Barreto quien emergía como la “renovación” de la clase política.

La lista es más amplia y la  vergüenza infinita, pues la mayoría de los nombrados son los mismos encargados de escoger a los candidatos a los cargos de elección popular e incluso en los organismo del sector privado, apareciendo personajillos menores que forjan la continuidad de una cadena interminable,  haciendo imposible el desarrollo de una región que aún no sabemos que pecado está  pagando,  y tal vez por ello no aparece nada bueno del Tolima, porque su dirigencia solo se centra en construir su propia fortuna y no el mejoramiento social y económico  de nuestro departamento.

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